Mi segunda horita corta

Mi segunda horita corta

Llevaba unas cuantas noches con contracciones, así que cuando las contracciones me despertaron el domingo a las dos de la mañana, tampoco me emocioné mucho. Tenía la sensación de que el Pequeñajo se iba a retrasar todavía más que su hermano, que nació una semana después de la FPP.

Me levanté sin despertar a nadie y me dio por recoger toda la casa. Las contracciones no eran muy seguidas y se iban parando, pero sobre las cuatro parecía que empezaban a regularse y desperté a mi marido.

– Levántate y ayúdame a preparar la mochila del Peque Mayor que creo que estoy de parto. – le dije.

Fue levantarse y otra vez se pararon las contracciones. A las cinco de la mañana le dije que se volviera a la cama porque en principio tenía guardia y le tocaba trabajar esa mañana. Se fue a dormir y yo, que ya estaba un poco harta y puesto que ya llevaba cinco días de retraso me dio por ponerme a bailar. Así que ahí estaba yo, sola de madrugada, en medio del comedor y en pijama, meneando la barrigota, añadiré que no se me da muy bien bailar. Las contracciones tenían que volver y si me tumbaba en la cama la cosa no avanzaría. A las seis volví a despertar a mi marido.

– Ahora sí que sí, vístete y avisamos a mis padres para que se queden con el Peque.

Llegamos al hospital a las siete de la mañana. Las contracciones se habían vuelto a estancar y me temía que me mandaran para casa.

– A ver… estás casi de 6 centímetros.
– Pero está muy arriba, ¿verdad? – Le pregunté. Mientras que el Mayor se había encajado a los ocho meses, el Pequeñajo no lo había hecho aún y eso que estaba en la 40 + 5.
– Sí, está muy alto.

Me pusieron las correas y en una hora sólo tuve dos contracciones ridículas.

– Estás suficientemente dilatada como para quedarte, pero el bebé está muy arriba y tienes contracciones irregulares. No te mandamos a casa porque vives lejos. Como quieres parto natural, es mejor que te vayas a caminar. Iros a desayunar algo ligerito, camináis un poco y volvéis a las once a ver qué tal.

Y ahí estábamos nosotros, a las ocho de la mañana, en la puerta del hospital con tres maletas otra vez para el coche, pensando que la cosa iría para largo.

– No hacía falta que trajerais las maletas, podíais ir a buscarlas cuando naciera. – nos dijeron un par de comadronas.
– Ni hablar, tuvimos una mala experiencia con el primero, así que yo me traigo las maletas. – les dijo mi marido.

Y es que cuando nació el Peque Mayor, mientras mi marido iba a buscar las mochilas al coche, se llevaron al peque en volandas, medio destapado para pesarlo, pese a que yo me negué y les insistí en que se esperaran por lo menos a mi marido para que fuera con él. Pero la enfermera se aprovechó de que yo no me podía levantar todavía, pues hacía sólo dos horas que había parido y me habían puesto epidural, y se lo llevó. Parecía tener mucha prisa pese a que eran las cuatro de la mañana. Lo que más rabia me dio fue que al quejarme a la enfermera del siguiente turno, ésta me dijo que esa no era la política del hospital y que ella siempre se esperaba para que el padre pudiera acompañar al bebé.

A lo que iba. Fuimos a dejar las maletas al coche y por un momento nos planteamos la idea de ir a votar. Era domingo 9 de Noviembre y supongo que habréis oído hablar sobre la controvertida consulta popular sobre la independencia. El caso es que decidimos no ir porque el coche estaba muy bien aparcado y menos mal, porque si no habría salido en todas las noticias pariendo delante de una urna.

Pasamos por delante de un puesto de churros. Mmmm… mejor no que me han dicho algo ligerito. Eran las nueve y estaba acabando de desayunar en el Viena.

– Buf, mejor vamos a caminar que ahora son más fuertes. – le dije a mi marido. Y es que nada más salir del hospital habían vuelto las contracciones y ya para esa hora eran cada seis minutos.

Otra vez calle arriba y calle abajo. Escaleras.

– ¡Qué palo! – me dice mi marido.
– Tú calla que la que está de parto soy yo y dicen que las escaleras van muy bien para que baje.

En ese punto yo ya me iba parando en medio de la calle, intentando no llamar mucho la atención.

– Supongo que cualquiera que me vea se dará cuenta de que estoy de parto.
– O pensará que te vas patas abajo. – Mi marido y sus chistes malos.

Eran las diez y diez y nos habíamos sentado en un rellano.

– Bajamos esta calle y luego vamos al coche a por la mochila y al hospital. –le dije.

Pero fue levantarme y me dio una contracción de las fuertes.

– Mejor acompáñame al hospital (estábamos sólo a 200 metros) y luego vas tú corriendo a por la mochila.

Di cinco pasos y otra contracción. Crucé el paso de cebra y otra más. Ahí ya no podía disimular y una mujer que estaba en la parada del autobús se me quedó mirando con media sonrisa.

Llegamos a la puerta del hospital.

– Corre. – le dije a mi marido.
– Ves entrando.
– No, no, yo te espero aquí.

Yo ya notaba que el Pequeñajo estaba encajado. Vuelve mi marido. Dos ascensores para todo el puñetero hospital y uno estropeado. Los segundos se hacen eternos. Me voy corriendo para las escaleras. Pico a la puerta del Área de Ginecología. ¡Pero por qué tardarán tanto! Abren, son las 10:35 horas.

Mi marido se queda en la sala de espera mientras me miran.

Me tengo que quitar los pantalones y casi no puedo por las contracciones.

– Uy qué bien, ¡si estás completa ya!
– Oye que me lo he pensado mejor y sí que quiero la epidural.
– ¡Qué dices! Pero si lo estás haciendo muy bien, eres una campeona.
– No, no, que me acuerdo del primero y no me apetece estar así cinco horas más.
– ¿Estás segura?
– No… pero pónmela.

Me acompañan a una sala de dilatación. Me ponen las correas y una enfermera empieza a ponerme una vía.

– Creo que he roto aguas. – la chica me mira.
– No, no.

Y de repente, ¡flas! Rompo aguas.

– ¡Qué sale, qué sale! – empiezo a gritar.
– No hombre, no, tranquila.
– ¡Qué sí! ¡Qué sale! ¡Ayuda! – Eso fue lo que me salió, un poco ridículo pero por suerte no me dio por insultar.

Viene la comadrona.

– Si no te estás quieta no podemos ponerte la epidural. ¿Vas a poder?
– Sí, sí… ¡qué sale!

Me mira y dice.

– Sí, sí, ya está aquí.

De repente cogen la cama y me llevan corriendo a sala de partos. Yo seguía gritando, por supuesto, y seguía empujando porque notaba como presionaba la cabecita a punto de salir.

– ¡Mi marido, mi marido!
– Ahora le avisamos, tranquila.

En la sala de partos me dicen que me pase a la camilla.

– No puedo, no puedo.
– Que sí, apoya los codos.
– ¡No puedo! – en ese momento tuve un instante de lucidez y pensé. Joder, sois cinco, tan difícil es ayudarme a subir a la camilla. Yo es que no podía levantarme.
– Que sí, que sí. – Hago un esfuerzo y consigo medio arrastrarme, me ayudan un poco. Sigo gritando y mientras todas me dicen que lo estoy haciendo muy bien, la comadrona jefe me dice.
– Muy mal, no grites, respira.

¡Joder! Pienso, pero respiro. Casi no me entero de nada de lo que me dicen. Pero de repente oigo.

– Ya estoy aquí. – Es mi marido.
– Venga empuja, que ya casi está. – dice una comadrona.

Empujo con todas mis fuerzas y noto como sale la cabeza y una sensación de alivio inmediata, ya no me duele nada. Salen los hombros y oigo un ¡crec! Y entonces me ponen al Pequeñajo encima por primera vez. Me parece increíble que ya esté aquí, todo ha salido bien, el peque está bien. En un primer momento no se me parece en nada a su hermano. Ha nacido a las 10:57.

– ¡Es mofeta! – dice mi marido.

Yo me río. Y es que mi hijo mayor nació totalmente calvo y sin cejas y mi marido siempre dice al ver mi foto de recién nacida, con una mata de pelo negro en la cabeza, que parece que tenga una mofeta en la cabeza. Aunque debo decir que el Pequeñajo es moreno pero no tiene tanto pelo, no es ni calvo ni peludo.

Se lo llevan para pesarlo.

– ¿Cuánto? – pregunto algo nerviosa. Y es que en la ecografía del tercer trimestre me habían dicho que era pequeño y que tenía que hacer reposo y tomar proteínas.
– 3,500.
– ¡Uala! – decimos mi marido y yo.
– Oye – le digo a mi marido bajito – ¿Al niño se le ha dislocado el hombro o algo? Porque he oído un crec.
– ¿El niño? – me contesta – Si has sido tú.

Y es que la cosa fue tan rápido (desde que rompí aguas hasta que salió pasaron 7 minutos) que me desgarré. Por suerte no me hicieron episiotomía pero sí que me tuvieron que coser y para mi desgracia la que lo hizo era novata. Ahí estaba yo, temblando, empapada, deseando que acabaran ya para poder estirar las piernas y darle el pecho a mi hijo, con una comadrona cosiendo y la otra explicándole cómo tenía que hacerlo. ¡Yo que ya venía algo traumada de casa por mi cicatriz del parto anterior!

Pero todo fue bien, la estancia en el hospital genial, el Pequeñajo es un amor y su hermano también.

Este parto fue mucho mejor que el primero y eso que el primero no fue malo. Dilaté paseando tranquilamente por la calle y estuve con contracciones fuertes durante menos de una hora. Fue un parto muy corto pero es que lo llevo en los genes. Mi abuela tuvo a mi tía con el abrigo y las medias puestas, y mi madre también tuvo partos muy cortos. Al final conseguí parir sin epidural y aunque noté todo el expulsivo para mí fue peor estar cuatro horas con contracciones fuertes y sin separación entre una y otra como me pasó con el Mayor.

Lo mejor de parir sin epidural es que me pude levantar justo después de parir, pude comer en cuanto subí a la habitación y me encontré genial y con mucha energía en seguida.

Mi intención era explicar los dos partos en un mismo post, pero me enrollo tanto que sería muy largo, así que próximamente… El parto del Mayor.

¿Y vosotras tuvisteis un parto corto? ¿Paristeis con o sin epidural? ¿Hay algo que no os gustó?

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8 comentarios en “Mi segunda horita corta

  1. Guau, así que al final tan rápido que no dio tiempo a epidural!! Yo me tiré dos días fatal con contracciones pero al final el parto en sí una mañana… la epidural para mí bien y eso q no m la pusieron bien al principio y tenía un lado con dolor y el otro sin… al final lo arreglaron y en mi caso lo agradecí, eran tantas horas de dolores!! Q al menos pude disfrutar del momento cumbre. Cómo me alegro de q estés tan recuperada ya con tus dos soles!! Un beso

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    • Pues sí, fue rapidísimo! Yo con el primero agradecí la epidural después de unas horas con contracciones muy fuertes y sin separación entre una y otra. Fue ponérmela y quedarme con cara de alelada! Y es verdad que con el primero tengo unas imágenes más nítidas del momento cumbre al no tener dolores! Qué bien que también tuvieras un parto rapidito!

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  2. aaah! ayer no me dejaba escribirte comentario desde el móvil!
    Maja qué bien que fue rápido! vaya mareo tuviste de una sala a otra y de otra a una y tiro porque me toca!!
    Yo parí también sin epidural, en bañera, eso si, doy gracias que también fue cortito, unas 4horas… aunque recuerdo un momento de taaanto dolor que de repente se me fue la cabeza y ya, como que dejó de doler… El cuerpo humanos, que es sabio sabio!!!
    un beso guapa, y ánimo con el puerperio, ese si que es durooo!!

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    • Qué bien que el tuyo también fuera cortito! Yo la bañera la usé para dilatar con el Mayor, pero en mi Hospital no te dejan parir en el agua. El puerperio es lo peor pero de momento nada que ver con el primero, éste mucho mejor. Un besazo!

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  3. Hola! me ha encantado tu post. La verdad que me has hecho llorar de risa como hacía rato que no me pasaba. Mis dos peques nacieron por cesárea, el primero por una preeclampsia y la segunda por precaución, así que no puedo opinar mucho. Pero bueno, felices igual.
    Saludos!!!!
    Nati.-

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    • ¡Me alegra que te haya gustado y si encima te ha hecho reír mucho mejor! ¡Vaya con la preeclampsia, no debió ser un embarazo fácil! Y en realidad el parto es lo de menos, sea como sea, luego se olvida todo lo malo y sólo nos queda lo bueno que son los peques, como tú dices, felices igual. ¡Un beso!

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