Mamá dame sólo teta que aún no estoy listo

Mamá dame sólo teta

Pese al título, este post es tanto para mamás que dan el pecho como para las que dan el biberón.

A partir de los seis meses parece que es obligado empezar a introducir (debería ser ofrecer y no introducir para empezar) a los peques alimentos diferentes a la leche. Te dan algunos papeles e instrucciones muy concretas sobre qué y cómo debe comer tu bebé. Hay quien no se cuestiona estas indicaciones, yo soy de las que sí.

Cuando tu hijo cumple seis meses y te dicen que hay que introducir alimentos complementarios pueden pasar dos cosas: Que acepte lo que le das sin ningún problema o que rechace los nuevos alimentos.

Si tu hijo es de los primeros genial, nadie te tocará las narices, porque no tendrás problemas en seguir las pautas que te han marcado, eso sí tú estás de acuerdo, por supuesto.

Si en cambio es de los segundos, mucho cuidado porque pueden pasar diferentes cosas: Que creas que tu hijo es un bicho raro, que las abuelas te digan que se va a quedar en los huesos, que entonces te angusties por si se va a morir de hambre, etc. Y esto te puede llevar a agobiarte y a no respetar su ritmo.

Mis dos peques son de los segundos, admito que confiaba en que el Pequeñajo fuera de los primeros después de lo difícil que nos resultó tener que nadar a contracorriente con el Peque Mayor porque, al menos en nuestro caso, los profesionales de la salud no sólo no nos ayudaron si no que se dedicaron a ponernos piedras en medio del camino.

Con el Peque Mayor empezamos a hacer baby led weaning cuando tenía casi 10 meses, no sabíamos ni lo que era, más tarde descubrimos que lo que hacíamos se llamaba así. Con el Pequeñajo decidimos que haríamos blw desde el principio. Para quien no lo sepa, a grandes rasgos, el baby led weaning consiste en dar a los niños los alimentos enteros, sin triturar, a parte de dejar que coman por sí mismos, no dar de comer, sólo ofrecer.

El Pequeñajo tiene poco más de siete meses y medio y todavía no está preparado para comer otros alimentos y es totalmente normal, no me preocupa, ya madurará. Así que pese a que chupe de vez en cuando una pieza de fruta o verdura, sólo toma teta salvo una excepción que explicaré más adelante.

Se lleva muchas cosas a la boca, el móvil, las toallitas, las servilletas y por lo general, todo aquello que no quiero que se lleve a la boca pero, en cambio, cuando le pongo comida delante, sea lo que sea, la estruja, la manosea, la espachurra, la tira al suelo, pero no se la lleva a la boca. Si chupa una manzana o un plátano es porque primero se lo he acercado yo a la boca, y si le interesa lo coge y lo chupa un poco más, pero si no, se echa hacia atrás, empuja la comida con las manos o aparta la cara. Y yo respeto su decisión.

Además hay otra razón muy clara por la que sé que todavía no está preparado para comer otros alimentos, todavía no ha perdido el reflejo de extrusión. Si nota algún trocito incluso más pequeño que un grano de arroz le dan arcadas. ¿Y por qué no le hago purés? Pues le he ofrecido purés también, porqué pensé: ¡A ver si va a resultar que el Pequeñajo quiere comer pero no le gusta la comida entera! Así que de la misma manera que con el PequeMayor pasamos de los purés a los trozos por probar si de esa manera comía, con el Pequeñajo hemos probamos a la inversa, pero ha resultado que también le dan arcadas. Una manzana la coge y la chupa, el otro día le ofrecí puré de manzana con una cuchara probó media cucharada y lo vomitó directamente. Conclusión: Sigue sin estar preparado, de momento no le interesa la comida de ninguna manera. Sólo he hecho una excepción, y ha sido con los cereales por el tema del gluten. Busqué información en libros, por internet y pregunté a diferentes enfermeras de pediatría y a una comadrona, pero no supieron darme una alternativa viable para introducir el gluten que el Pequeñajo aceptara.

No me gustan los cereales industriales, cuando voy al supermercado no me gustan los productos con listas interminables de componentes de los que además la mayoría no sé ni siquiera identificar. En estos casos menos es más. Pero como ya he dicho al final he acabado por darle al Pequeñajo los dichosos cereales hidrolizados.

Lo que no hago es dárselos por la mañana, se los da mi marido por la tarde. ¿Por qué? Pues porque me parece absurdo sacarme leche para darle los cereales estando yo en casa pudiéndole dar la teta directamente, con el mayor me sacaba leche dos veces, una para darle los cereales y otra para el biberón de cuándo estaba en el trabajo, y además de ser agotador, en mi caso, llegó un punto en que me era prácticamente imposible conseguir sacarme leche suficiente. Así que me saco leche una vez y el papi le pone dos cucharaditas de cereales que el Pequeñajo no nota siquiera.

Intenté introducir el gluten con pasta de maíz, tortitas, arroz… pero como ya he explicado el Pequeñajo no está preparado todavía, y pese a mis convicciones no soy una persona radical ni mucho menos, me considero flexible, creo que es bueno saber cambiar de opinión y no obcecarse, no me gustan los blancos o los negros, prefiero los grises. Sopesé los pros y los contras y decidí que prefería introducir el gluten siguiendo los consejos de la enfermera y comprar los cereales en polvo, pese a tener información fiable sobre que la introducción del gluten puede hacerse más adelante. Sin embargo en este caso he preferido pecar de precavida. Creo que como padres debemos reflexionar bien y estar convencidos de nuestras decisiones, y hacer lo que creemos que es mejor para nuestros hijos sin pensar en lo que dirán o pensarán los demás, y a mí no me importa contradecirme, me gusta tener la libertad de elegir y poder cambiar, pocas cosas son inamovibles.

Después de casi tres años como mamá he aprendido mucho sobre la comida. He buscado, rebuscado y me he informado y empapado mucho sobre alimentación sobre todo desde que el Peque Mayor empezó con la alimentación complementaria y vimos que algo no le sentaba bien. Hasta los dos años fuimos de cabeza. Algo no iba bien y nadie supo ayudarnos ni acompañarnos, descartaron el gluten, la alergia a la proteína de vaca y al huevo, una invaginación del intestino y al final nos dijeron que probáramos y fuéramos descartando, porque las intolerancias son difíciles de diagnosticar.

Al final dedujimos que hasta los dos años tuvo intolerancia a la lactosa (nuestro pediatra actual nos explicó que era muy común que hasta los dos años muchos niños fueran intolerantes a la lactosa y que después se les quitara), pero aparte de eso, parece ser que le tardó mucho en madurar el intestino, o eso nos dijo otro pediatra. Cada dos o tres semanas estaba con diarrea, había muchos alimentos que le sentaban mal, y entre lo que no podía comer y lo que no quería comer, pocas opciones nos quedaban. A todo esto con catorce meses la pediatra y la enfermera de pediatría que tenía entonces me dijeron que ellas eran pro-lactancia materna pero, que en este caso, por el bien de mi hijo, tenía que quitarle el pecho porque estaba interfiriendo en su alimentación y estaba bajando demasiado la dichosa curva del percentil (todo esto lo expliqué en este post), menos mal que les dije que no pensaba hacerlo y que estaban equivocadas, pese a todo, ojalá me hubiera leído entonces el libro “Se me hace bola” de Julio Basulto, porque además lo que tendría que haber hecho era precisamente darle más teta, porque no se la quité pero fui reduciendo tomas y estoy convencida de que lo que necesitaba era totalmente lo contrario, la teta era lo que le engordaba, lo que le sentaba bien en ese momento, el resto no.

Pese a todo, no me dejé presionar y no le he presionado nunca y por suerte maduró lo que tenía que madurar y mi niño con casi tres años no necesita ni babero come de todo y muy bien, ha necesitado su tiempo para adaptarse a algunos alimentos, no quiso el huevo ni en pintura hasta hace unos meses y yo lo respeté, igual que respeté su etapa de no quiero arroz o no quiero legumbres, a veces necesitan su tiempo y también tienen derecho a que algunas cosas no les gusten, yo como de todo y algunas cosas no me gustan como a todo el mundo. No soporto las judías verdes y una vez a la semana tenía que comerme las dichosas judías porque era lo que tocaba, ¿por qué no podía comer otra verdura? ¿Qué más da judías que acelgas o espinacas? Todavía, de vez en cuando, alguna cosa le sienta mal, pero ha engordado bastante, y está por debajo de la curva, sí, pero es que mi hijo mayor es así, de constitución atlética ;).

¿Y qué les parece todo esto a las enfermeras de pediatría en las revisiones del Pequeñajo? Yo ahora sólo respondo a lo que me preguntan y no voy más allá, resulta muy pesado tener que estar justificando tus decisiones constantemente. La última vez me dijeron: “Ya le das verdura y pollo, ¿no?” Y yo contesté: “Sí, sí” Lo que no les dije era que yo se lo había ofrecido, no que se lo comiera que supongo que era lo que me estaban preguntando.

Lo mejor de todo fue en la revisión de los seis meses que me dijeron:

– ¿Le das pecho?

– Sí.

– Y también biberón, ¿no? (se refería a leche de fórmula)

– No.

– Pero le das más cosas.

– Bueno, alguna fruta ha chupado.

– Pero le das cereales sin gluten, ¿no? (todo lo daba por sentado)

– Bueno, estamos empezando, arroz y pasta, pero todavía no está preparado.

– ¿Cómo que no está preparado?

– Bueno, todavía no se lo quiere llevar a la boca.

– ¡Pero cómo se lo va a llevar a la boca si es muy pequeño! (Vamos a ver, cómo puede sorprenderle esto tanto a una enfermera de pediatría, mi hijo mayor se llevaba la comida a la boca a los seis meses, y mucho antes de los seis meses la mayoría de los niños se llevan un montón de cosas a la boca, ¿por qué la comida no?)

– Pero ¿no le das papilla?

– Es que no me gustan los cereales industriales. (Aquí acabábamos de empezar y todavía estábamos probando otras cosas)

– ¡Aaaah! Que tú eres de esas de Terapias Alternativas… (no lo dijo como un cumplido)

No le hice ningún comentario, pero cuando salí de la consulta no pude más que echarme a reír. Ya me habían etiquetado. En mi modesta opinión creo que no dice mucho a su favor que el hecho de querer alimentar a mi hijo de una manera más natural lo considere no sólo alternativo sino una Terapia Alternativa. Creo que respecto a la alimentación queda mucho camino por recorrer, olvidarse de tantas pautas, de tanta rigidez y usar el sentido común, basarse en información objetiva y contrastada, porque realmente no existen estudios fiables que demuestren que determinados alimentos es mejor introducirlos un mes antes o después.

¿Y vosotros, qué pensáis sobre las pautas para ofrecer alimentos complementarios? ¿Seguís las recomendaciones o tenéis otro criterio? ¿Tenéis o habéis tenido problemas cuando los peques empezaron a comer cosas distintas a la leche? ¿Qué opináis del baby led weaning?

P.D. Para terminar añadiré que el pasado miércoles 1 de julio fue mi cumpleaños. Y en mi buzón entre unas cuantas facturas me llevé una sorpresa. Esto es lo que me envió mi hermana desde Inglaterra por mi 27 cumpleaños. ¡Laura te quiero un montón, eres lo más! Ojalá no tuvieras que irte lejos para conseguir todo lo que has conseguido allí. ¡Ánimo!

Mamá dame sólo teta2

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¿Al cole sin pañal?

Al cole sin pañal

Sí, sigo viva, pero no doy para más. Como ya dije en otro post tienen que alinearse todos los astros para que pueda publicar algo en el blog, yo no sé cómo lo harán los demás, pero me da la sensación de que las horas me adelantan una y otra vez, y no consigo subir el ritmo. Voy acelerada y aún así, no me da tiempo de hacer todo lo que me gustaría.

Voy acelerada sí, pero intento tomarme las cosas con calma respecto a los niños, no me gusta meterles prisa, yo voy mirando el reloj de reojo cada mañana mientras veo como el Peque Mayor deja la cuchara llena de cereales suspendida a medio camino entre su boca y el bol del desayuno con los ojos clavados en la caja tonta, suspiro y espero o me voy a hacer otra cosa, pero intento no decirle nada, como mucho le pregunto de vez en cuando si está comiendo, aunque yo sepa la respuesta, pero eso al menos le deshipnotiza momentáneamente y vuelve a devorar los crispis.

Le dejo que se vista solo porque quiere vestirse solo y así no coarto su aprendizaje ni su independencia, pese a que si le vistiera yo tardaría cuatro veces menos, pese a que la mitad de las veces se ponga los zapatos al revés y se los tenga que volver a quitar y volver a poner él.

Le sigo el juego cuando se distrae con cualquier cosa, o cuando quiere cerrar él la puerta con las llaves, hacerme esperar en la puerta mientras llega al coche (dentro de casa no en la calle) y me diga: Espera mama, todavía no, yo primero, ahora.

¿Y por qué? Pues porque así todas las mañanas nos vamos todos de buen humor a la guarde y se siente valorado, querido y respetado. Puede que algunos piensen que hace lo que le da la gana, pero no es verdad, simplemente intento dejarle ser niño. Por supuesto que muchas veces le digo que no y me tengo que discutir con él, pero acepta mucho mejor las cosas cuando respetamos su ritmo.

Y sí, muchas veces llegamos a la guarde dos o tres minutos tarde, y no pasa nada. Seguro que más de uno pensará que no es lo mismo si tuviera que hacerlo cuando tengo que ir a trabajar, pues lo cierto es que también lo hago al mediodía cuando tengo que irme a trabajar, y no llego nunca tarde. Mi estrategia es, quince minutos antes de tener que irnos, decirle que se ponga los zapatos que ya nos vamos, y acabamos saliendo a la hora a la que tenemos que salir.

Y todo esto qué tiene que ver con el pañal. Bueno, pues tiene mucho que ver.

En septiembre el Peque Mayor empieza el cole, P3, y no dejan que los niños lleven pañal, pero ni en el del Peque Mayor ni en todos los que fuimos a ver. Y a mí eso me parece fatal, significa no respetar el ritmo de algunos niños que en ese momento todavía no están preparados para quitarse el pañal, ya sea porque todavía no controlan esfínteres o porque no se sienten seguros o maduros para ello.

En muchos sitios me han dicho que es porque las profesoras no están para cambiar pañales, pero me parece absurdo cuando de otra manera, los niños que no controlen esfínteres van a tener que cambiarlos enteros si se hacen pis encima, y eso para mí, es más trabajo para las profesoras y, lo más importante, puede afectar a la autoestima de esos niños. Por otra parte, la mayoría de niños cuando empiezan P3 no llevan pañal, no creo que sea tantísimo esfuerzo esperar un poco a que tres o cuatro niños dejen el pañal por si mismos. Estamos hablando además de que hay niños que empiezan en septiembre sin haber cumplido todavía los tres años.

Y nosotros qué hemos hecho. Pues por desgracia no podemos cambiar las normas, pero mientras no llegara septiembre apoyaríamos al Peque Mayor en su rotunda negativa de decirle adiós al pañal. Le explicamos, eso sí, que en el cole de los grandes no podría llevar pañal, y cuando me preguntó “¿Por qué?” La verdad es que no supe qué contestarle.

Y nuestra paciencia se ha visto recompensada. En casa algunas tardes, como hacía calor, iba sin pañal y poco a poco fue haciendo pipi en el orinal o en el váter con el reductor, caca no. Yo sabía que ya controlaba esfínteres porque cuando íbamos a la piscina y no le ponía pañal, me pedía pipi y me daba tiempo de llevarlo al váter. Cada vez que progresaba le alabábamos y él se sentía bien, se sentía orgulloso, cuando se le escapaba y se quejaba nosotros le quitábamos importancia lo cambiábamos y punto. Algunos días le preguntaba por la mañana si quería ir sin pañal y me decía que no, entonces yo le decía que cuando se sintiera preparado que me lo dijera.

Y después de un par de semanas de tarde sí tarde no con pañal, hace dos fines de semana decidió ir sin pañal fuera de casa, al día siguiente se hizo caca en el suelo, ¡pobre! Le explicamos bien que la caca también se hacía en el orinal o el váter y la siguiente vez hizo en el váter.

Y al día siguiente, el lunes pasado no, el otro, se fue a la guarde sin pañal y se acabó. Ni un escape ni con el pipi ni con la caca desde entonces. Parece que hubiera ido sin pañal toda la vida. Y él la mar de feliz con sus “Calsonsillos” porque “Soy grande, mamá”.

Jamás me hubiera imaginado que podría haberse quitado el pañal tan fácilmente, el Peque Mayor es muy cabezota y era muy rotundo respecto al pañal, no quería ni oír hablar de calzoncillos ni orinales, no avisaba cuando se había hecho caca y muchas veces no se dejaba cambiar el pañal. Pero la prueba de que lo hemos hecho bien es lo contento y feliz que está, la manera tan natural como ha cambiado el pañal por los calzoncillos y el hecho de que no haya sufrido durante este proceso tan importante para él.

Y aunque me haya quitado un peso de encima con lo del colegio sigo pensando que lo hacen mal y que no es justo, y con el Pequeñajo haremos igual, y me pelearé con quien haga falta para que le dejen ir con pañal si así lo necesita cuando empiece el colegio porque además es de noviembre.

Y para acabar muchísimas gracias a todos los que me leéis, no os perdáis el próximo post, irá sobre el Pequeñajo y la introducción de la alimentación complementaria con nuevos comentarios para la sección Hago oídos sordos de las enfermeras de pediatría.

¿Y vosotros qué pensáis sobre que no puedan llevar pañal en el colegio? ¿Cómo han llevado vuestros peques el proceso de dejar el pañal?

Así conciliamos

Así conciliamos

¡Me sabe tan mal no publicar más! ¡Tengo tantas cosas que contaros y tan poco tiempo! El 18 de marzo se acabó mi baja de maternidad y tuve que volver al trabajo y lo tengo todo abandonado, mi casa, mi vida social, mi marido (ten paciencia las aguas volverán a su cauce), mi pelo (hay días que salgo de casa sin haberme mirado ni un segundo  al espejo, espero no haber hecho mucho el ridículo), el blog… bueno, todo abandonado no, a mis hijos los tengo muy mimados y muy atendidos, no tengo tiempo para nada porque todo mi tiempo se lo dedico a ellos.

El Pequeñajo ya tiene 5 meses y parece que ha pasado un mundo desde la última vez que publiqué. Las crisis pasaron a la historia hace dos meses y no puedo más que decir que tengo una suerte enorme, que el pobrecito es un bebé todoterreno. Aguanta como un campeón los embistes de su hermano, las idas y venidas coche arriba y coche abajo (es lo que tienen los pueblos, necesitas el coche para todo), y no le ha costado en exceso adaptarse a mi vuelta al trabajo.

El PequeMayor está más calmado, por poner un adjetivo (calma y PequeMayor no son compatibles). Sigue igual de cariñoso y atento con su hermano, es un encanto. Verlos a los dos juntos es divertidísimo, el Pequeñajo sólo tiene ojos para él, le ríe todas las gracias, le sigue con la mirada a todas partes, le llama constantemente la atención con grititos y el PequeMayor se ríe a carcajadas cada vez que el Pequeñajo lo agarra de la camiseta, le babea la cara o intenta cogerle el plato mientras comemos.

En realidad mi idea para esta entrada es explicaros un poco nuestros tejemanejes para intentar conciliar nuestra vida laboral y familiar, para estar el mayor tiempo posible con nuestros niños. Tengo que deciros que no ha sido fácil, pero que también hemos tenido suerte, y que más vale preguntar en el trabajo que no hacerlo, porque el no ya lo tienes.

Con el PequeMayor acumulé la baja de maternidad, la lactancia y el mes de vacaciones y conseguí volver a trabajar cuando tenía 5 meses y medio. Teníamos muy claro que no queríamos llevarlo a la guardería tan pequeño y hasta el último momento mi suegra fue la opción que barajamos para cubrir mi jornada laboral que ya habíamos decidido que reduciría a 4 horas al día. Pero justo antes de volver me entró el pánico, en ese momento no nos llevábamos muy bien, éramos muy distintas por no decir opuestas y estaba convencida de que iba a pasar por alto nuestra manera de criarlo y todo acabaría en un enfrentamiento.

Así que se me ocurrió preguntar si podía hacer esas 4 horas por la tarde empezando al mediodía a la misma hora que mi marido acababa de trabajar ya que hace horario intensivo (no pondré nuestros horarios exactos por seguridad, espero que no os importe). Por suerte o por desgracia, según se mire, los dos trabajamos en la misma empresa, así que la idea era que cuando él acababa empezaba yo. Subía al trabajo con el PequeMayor en el coche y hacíamos el cambio. Por suerte me dijeron que sí.

Sin embargo, cuando el PequeMayor tenía casi un año me dijeron que tenía que entrar una hora antes (los motivos prefiero guardármelos), pero estaban en su derecho puesto que yo acababa una hora más tarde que mi jornada laboral de 8 horas. Lógicamente no nos gustó, pero no puedes hacer nada. Las inscripciones de las guarderías públicas estaban cerradas, mi suegra no se encontraba bien… pero no nos rendimos y volvimos a buscar opciones por muy estrambóticas que fueran ¡¡por una simple hora!! Así fue como mi madre, que para más inri también trabaja en la misma empresa, pidió dejar de hacer horario intensivo y cogerse una hora y media entre medio de su jornada laboral para “comer”, y en su hora de comer llegaba a mi casa, y yo salía pitando para el trabajo (antes vivíamos a 8 minutos del trabajo en coche), y después mi marido salía corriendo también para llegar a casa, quedarse con el niño y dejar que mi madre volviera al trabajo.

Y no sé si alguien más pensará lo mismo que nosotros pero lo recalcaré: ¡Todo esto por no poder conciliar una hora!

La cosa se complicó cuando hace un año nos mudamos a una casa a media hora del trabajo, pero nos apañamos como pudimos ya que iban a ser sólo unos meses, hasta que el PequeMayor empezara la guarde en septiembre. Mi suegra ya no estaba. Así que volvimos a recurrir a mi madre. En vez de venir a casa yo le llevaba al PequeMayor al trabajo y, entre que salía y no salía mi marido, se iban al parque (aunque la mayoría de veces llegaba dormido en el coche y ahí se quedaba echando la siesta).

Y ahora, ¿cómo lo hacemos? Yo cogí la baja a finales de septiembre y he estado cuidando a los dos hasta los 4 meses y una semana del Pequeñajo. Pero mi madre me dijo que no se veía capaz de ocuparse de los dos a la vez fuera de casa, sobretodo porque el PequeMayor es un cabraloca. Decidimos que dejaríamos al PequeMayor a comer en la guarde. Pero me sabía tan mal dejarlo tantas horas seguidas, además al trabajar de tarde no me vería en todo el día, y él está acostumbrado a pasar mucho tiempo conmigo, no me parecía justo. Volví a estrujarme el cerebro y ¡voilà! Mi marido pidió entrar quince minutos antes y yo en vez de compactar la lactancia dije que la utilizaría para entrar media hora más tarde hasta los nueve meses del Pequeñajo (el 9 de Agosto) y los quince minutos que quedan para completar esa hora se queda mi madre con ellos en el coche. Muy sencillo todo, a que sí.

Cuando se acabe el permiso de lactancia cogeremos vacaciones y otras historias más y en septiembre el PequeMayor empezará el cole (ay los coles, esto da para otro post) y el Pequeñajo la guarde, yo pasaré a hacer horario de mañana, mi marido entrará más tarde para dejarlos en el cole y yo saldré a tiempo para llevarlos a casa a comer. Y ahí se acabarán nuestros dolores de cabeza con la conciliación, en teoría.

Desde aquí hago un llamamiento para que, por favor, se haga algo ya en este país para ayudarnos a conciliar, no me parece pedir demasiado, no es normal que tengamos que inventarnos imposibles para poder trabajar y también para pasar tiempo y disfrutar de nuestros hijos. Porque ya lo digo yo, nosotros tenemos muchísima suerte, pero hay muchos padres que no la tienen, y esto no debería ser cuestión de suerte.

Y sobre todo, lo que es una vergüenza es que con 16 semanas haya que separar a un bebé de su madre. Demuestra muy poca humanidad, mucho desconocimiento sobre las necesidades de los niños y un enorme obstáculo para continuar con la lactancia materna, sobre todo para aquellas mamás que no pueden permitirse reducir sus jornadas laborales. Desde aquí mi apoyo a una mamá que conocí que tuvo que incorporarse a su trabajo cuando su niña tenía 8 semanas (por ley es el mínimo que tiene que coger una madre de baja y a veces las empresas se aprovechan de eso para presionar) y que entre lágrimas nos contó su fracaso con la lactancia materna por la que había luchado y que había conseguido instaurar, y que perdió al empezar su hija a rechazarle el pecho en favor del biberón con el que la alimentaban durante sus 8 horas de trabajo más el tiempo que tardaba en ir y volver del trabajo (que eso nunca se tiene en cuenta).

Y dejadme que diga: Muchas gracias mamá, no sé que haría sin ti.

¿Qué haríamos sin apoyo familiar? Y vosotros ¿podéis conciliar?

Mamá he comido tierra

Mamá he comido tierra

Mis niños se hacen grandes. El Peque Mayor ya tiene dos años y medio y el Pequeñajo hace una semana hizo los tres meses. Y hemos estado en crisis, aunque parece que ya ha pasado la tormenta.

Con el Peque Mayor apenas noté las famosas crisis de crecimiento, en cambio el Pequeñajo es otro cantar y hemos estado unas semanas en plena crisis de los tres meses, en las que lloraba delante del pecho, se retorcía y no quería estar en brazos, ni tumbado, ni de ninguna manera. Yo creo que tiene que ver con la manera que tienen de mamar. El Peque Mayor se pasaba el día enganchado a la teta, le servía para todo, alimentarse, calmarse, dormirse… y a lo mejor no notó tan fuerte el cambio en la producción de la leche. El Pequeñajo, en cambio, sólo quiere la teta cuando tiene hambre, a veces incluso se enfada si se la ofrezco. Y se pasa más horas que su hermano sin mamar, por lo que supongo que le ha costado asumir que cuando tiene hambre y se pone a mamar no salga la leche al momento. Ahora parece que lo tiene superado y le molesta menos que le ofrezca el pecho.

Y a todo esto se sumó que al Peque Mayor le dio por comer cosas no comestibles.

Llevaba unas semanas que comía tierra en la guarde y ya no sabíamos qué hacer. Hablé con las profesoras y, al parecer, lo hacía a escondidas y seguramente para llamar la atención. Yo no sabía qué pensar. Nunca ha sido un niño de meterse cosas en la boca ni cuando era bebé, y el otro día, mientras le cosía su disfraz de cerdito para la guarde, me cogió una tiza de marcar la ropa y se la comió. También le ha dado por morderse uno de sus abrigos y arrancarle trocitos. Mi hermana me dijo que quizá estaba estresado, es un niño muy activo y si al obligado mayor “confinamiento” del invierno le sumas un hermano pequeño, la cosa se complica.

Me quedé con que ese comportamiento era para llamar la atención y me he volcado en él. Después de dos días, al ir a buscarlo a la guarde, antes de que le preguntase nada, me dijo orgulloso: ¡Hoy no he comido tierra mamá! Y ahora parece que lo tiene claro. Hoy me ha dicho: No voy a comer tierra, la Kiwi (nuestra perra) se hace caca. Puaj, ¡qué asco! No sé de dónde lo habrá sacado, a lo mejor se lo ha dicho mi marido o me oyó hablar con mi prima sobre eso el otro día, no lo sé.

Y mis niños están mejor gracias a que he hecho un cambio. En mis dos años y medio como mamá he aprendido que cuándo ellos están mal normalmente los que nos estamos equivocando y lo estamos haciendo mal somos nosotros, los padres.

Así que ahora intento participar más en sus juegos y proponerle cosas nuevas. No es nada del otro mundo, lo sé, pero a veces es difícil dedicarle ese tiempo cuando estás sola y tienes a un bebé que no puedes incluir en esos juegos porque es demasiado pequeño y te requiere constantemente. Así que, cuando hace mal día y no podemos salir a pasear con el triciclo y el fular, vamos de un lado a otro del comedor imitando a un cangrejo, nos arrastramos por el suelo como los gusanos o como los caracoles si nos ponemos un cojín en la espalda, saltamos como los canguros, nos lamemos las patas como los gatos y un largo etcétera, bajo la atenta mirada, por supuesto, del Pequeñajo que nos observa con los ojos muy abiertos desde la hamaca. A veces también participa si jugamos al escondite, si hacemos puzzles o leemos cuentos. Otras veces hacemos torres y puentes para coches y dinosaurios, Minions de plastilina, ponemos bocabajo una mesa redonda de plástico de Ikea nos sentamos dentro y remamos, hacemos luchas de espadas y nos miramos con los catalejos. El Peque Mayor hace parcur sobre el sofá, la cocinita y las sillas y cuando quiere echar la siesta pues me pide la tele, a la que para mi pesar está bastante enganchado, cosa que es culpa nuestra, por supuesto. Tengo pendiente hacer un picnic en el comedor un día, es una idea, entre otras muy interesantes, que encontré aquí y me pareció genial.

Así que como imagino que comprenderéis, me cuesta encontrar un hueco libre para dejarme caer por el mundo 2.0. Yo intentaré seguir aportando mi experiencia esos días en que se alineen todos los astros habidos y por haber, lo prometo.

Y vuestros peques ¿os han llamado alguna vez la atención de esta manera? ¿Habéis notado las famosas crisis de crecimiento?

En nuestra cama somos cuatro

En nuestra cama somos cuatro

Una de mis dudas cuando me quedé embarazada del Pequeñajo era cómo nos las arreglaríamos para dormir todos juntos.

Nosotros empezamos a colechar con el Peque Mayor desde que nació por elección (ya hablé sobre eso en este post). Decidimos que era lo mejor para él y para nosotros, y es una decisión de la que no me he arrepentido nunca. Como ya comenté en el otro post, esto le choca a mucha gente, porque creen que colechar es un sacrificio, incómodo y cansado. Para nosotros no lo es. Nos gusta dormir juntos. A parte de la cantidad de beneficios que aporta el colecho, me gusta sentir a mis peques cerca de mí, estoy más tranquila al tenerlos conmigo y sé que ellos también se sienten seguros durmiendo con nosotros.

Buscando por internet es fácil encontrar consejos sobre el colecho con un peque, pero durmiendo con más de uno, no. Y de esto va este post.

Cuando iba a nacer el Pequeñajo me empecé a preguntar: ¿Se despertará el mayor cuando llore el pequeño? ¿Molestará el mayor al pequeño si no se duermen al mismo tiempo? ¿Cabremos bien los cuatro en la misma cama? ¿Cómo se tomará el mayor que no le abrace para dormirse mientras le doy el pecho al pequeño? ¿Cómo me las arreglaré a la hora de levantarnos?

Y, como siempre, todo a fluido de una manera muy natural y no tenía por qué haberme preocupado tanto.

Sobre si se despierta el mayor cuando llora el pequeño de noche, la respuesta es no. El Pequeñajo no llora mucho, pero ha tenido unas cuantas noches de cólicos y pese a los elevados decibelios, el Peque Mayor ni se ha inmutado. Ni cuando llora, ni cuando encendemos la lamparita para cambiarle el pañal. De la misma manera que no se despierta cuando al papi le suena el despertador y se levanta de la cama, con su habitual torpeza descuidada.

Respecto a si el Peque Mayor molesta al Pequeñajo cuando se va a dormir, supongo que tendría que decir que sí. Pero ya se ha acostumbrado. Lo ideal para dormir a un bebé es que el ambiente sea tranquilo. Poca luz, poco movimiento, nada de ruido… pero por mucho que le digamos al Peque Mayor que se esté quieto, que no salte en la cama y que hable bajito, bueno, él es un espíritu libre y tiene dos años. Lo que hemos hecho es intentar minimizar todo lo posible sus idas y venidas. Procuramos entrar en la habitación cuando ya estamos todos con el pijama puesto, los dientes lavados, las alarmas del móvil preparadas y una botella de agua en la mesilla. Si el Pequeñajo se duerme antes de que el Peque Mayor esté listo, me lo llevo yo sola a la cama y el papi y el Peque Mayor se nos unen después. Al principio era un constante entrar y salir, que si los calcetines, los dientes, ahora me voy con el papi que está acabando de recoger el comedor, ahora quiero agua, ahora enciendo la luz, venga a subir y bajar de la cama… y al final el Pequeñajo acababa despertándose.

Nuestra cama es de 1’80 por 2 metros de largo, pero por si acaso, transformamos la cuna del Ikea que el Peque Mayor no tocó en una cuna-colecho (si a alguno le interesa ya haré un post de cómo hacerlo porque es muy sencillo). Cuando la pusimos, un mes antes de que naciera el Pequeñajo, el Peque Mayor durmió un par de noches en ella, supongo que por la novedad, después se cansó y ahora pocas veces pide dormir en ella, y respecto al Pequeñajo, pues tampoco le gustó. Y ahora es una cuna-colecho-mesilla dónde dejamos los pañales y las toallitas que necesitamos para esa noche. Y a la pregunta de si cabemos, pues la verdad es que sí, y bastante a gusto, y la cuna-colecho nos sirve como barrera de uno de los laterales.

Los primeros días, el Peque Mayor se conformó con cogerme un brazo mientras yo le daba el pecho tumbada a su hermano, y pese al dolor de espalda que ello conlleva, no hubo ningún problema. Ahora sencillamente se duerme tumbado él solo, o abrazado a su padre, o mirando a su hermano como ya expliqué en el post anterior, o a mí si el Pequeñajo ya está dormido o lo está durmiendo el papi.

A la hora de levantarnos normalmente se despiertan más o menos a la vez, o con muy pocos minutos de diferencia, pero igual que hacía el Peque Mayor antes de que naciera el Pequeñajo cuando yo me levantaba. Tienen una especie de radar que detecta cuándo se quedan solos en la cama. El Peque Mayor tiene peor despertar y necesita que lo lleve en brazos mientras le preparó el desayuno, así que pongo al Pequeñajo en la hamaca hasta que siento al Peque Mayor en la mesa y me visto bajo la atenta mirada del Pequeñajo mientras el Peque Mayor desayuna y luego los visto a los dos por turnos. En la peor de las mañanas tengo que llevarlos en brazos a los dos a la vez y esperar a que a uno de los dos le apetezca esperarse un poco.

Y respecto a las precauciones que tomamos al colechar con un niño de dos años y un bebé de dos meses a parte de las reglas generales para practicar el colecho, es sencillamente que no duerman uno al lado del otro.

¿Y vosotros tenéis o teníais alguna duda u os preocupa alguna cosa sobre colechar con un peque o más de uno?

Llora porque echa de menos a papá

Llora porque echa menos papá

Perdón por haber estado tanto tiempo ausente, pero estas semanas han sido algo caóticas y necesitaba desconectar un poco de todo y centrarme en mi familia. Normalmente aprovecho para escribir mientras el Peque Mayor está en la guardería y en Navidad, ya se sabe. A parte, el Pequeñajo se cargó tanto de mocos que se despertaba cada dos por tres, le costaba mamar y vomitaba muchísimo, por lo que necesitaba descansar.

Durante el primer mes del Pequeñajo tuve mucha ayuda, primero de mi marido y después de mis padres que cogieron vacaciones. Después he tenido que ocuparme de los dos yo sola.

Lo cierto es que pensaba que iba a ser más complicado pero, en general, creo que me las he apañado bastante bien gracias a los dos peques que son dos soles. El Peque Mayor es el que está haciendo un esfuerzo más grande y me siento muy orgullosa de lo bien que está llevando el hecho de compartirnos con su hermano, pese a todo.

Las primeras semanas del mes pasado lo pasó un poco mal. Durante el primer mes cuando necesitaba cualquier cosa y yo no podía atenderle al momento, se conformaba con su padre o con su yaya, sobretodo con su padre. Estaba todo el día con él. Y desde que ha tenido que volver a trabajar y además hacer horas extras le echa mucho de menos.

Lo más difícil que ha tenido que aprender es a saber esperarse cuando quiere algo. Los que tenéis niños pequeños sabéis que cuando un niño quiere algo lo quiere ya, y no dentro de diez segundos y mucho menos al cabo de media hora. Muchas veces tengo que decirle “Ahora no puedo que el Pequeñajo está comiendo, espérate a que acabe” y se lo digo algo cautelosa, estudiando su mirada, intentando averiguar si empieza a ver a su hermano como un obstáculo para conseguir lo que quiere, pero parece ser que no. A veces me dice “Sí, vale, mamá” (en esos momentos me lo comería a besos) y otras se pasa media hora repitiendo “Mama zumo” hasta que consigo ir a por el dichoso zumo. Pero no acostumbra a enfadarse, y eso que es un niño con mucho carácter, ya lo he dicho más de una vez. Y es que el Peque Mayor se me está haciendo mayor.

Estas semanas me ha dejado alucinada. El tió de casa del yayo le trajo un dragón que hace un ruido infernal mientras se pasea por toda la casa moviendo las alas (no sé por qué no le han puesto una ruedecita para bajar el volumen) y un día que el Pequeñajo estaba durmiendo le dije al Peque Mayor: “¿Cariño por qué no apagas el dragón que está el tete durmiendo y juegas con otra cosa?” y sorprendentemente dijo un “Sí, mamá”  y fue corriendo a apagarlo, pero lo que realmente me hizo gracia fue que cuando el Pequeñajo se despertó me preguntó: “¿Ara ‘pedo’, sí , mamá?”. En otra ocasión iba arriba y abajo con un correpasillos de la película Aviones, se le encendió la musiquita, y le oí decir: “No Dusty, para, Pequeñajo ta mumiendo”. No pude más que soltar una carcajada.

Y es que siempre está pendiente de su hermano. Si vomita, me avisa y va corriendo a por un babero, o sin decirle nada coge una manta para taparlo. Para dormir siempre nos ponemos uno de los dos entre ellos, me da miedo que el Peque Mayor pueda hacerle daño sin querer al Pequeñajo mientras duermen, pero el Peque Mayor no se está quieto hasta que no le dejamos estar a su lado porque “No veo al Pequeñajo mamá”. Nosotros le dejamos y cuando se duerme lo movemos a su sitio.

Se pasa el día enseñándole cosas “Pequeñajo mía (mira)” y cuando llora dice “Ya voy Pequeñajo” y después le pregunta “¿Qué ‘pacha’?” o le dice “No llores”. Y si se despierta por la mañana y no lo llevo en brazos porque está en la hamaca lo primero que me pregunta es dónde está.

Y lo de los besos y los abrazos es un punto y a parte. Todo el día le está dando besos, a todas horas y en todo momento. Hemos desistido de decirle que lo deje tranquilo si está durmiendo porque es misión imposible. Si quiere darle un beso se lo acabará dando, digamos lo que digamos o hagamos lo que hagamos, hasta que no lo consigue no para. Hemos cambiado el “Ahora no que está durmiendo” por “Vale pero flojito que está durmiendo”.

Pero no es que el Peque Mayor no tenga celos, sí que los tiene, pero no los paga con su hermano, si no con nosotros.

Reconozco que el primer mes no le dediqué el tiempo que me habría gustado, el Pequeñajo me absorbía tanto y tenía tanta ayuda que pensé que sería suficiente con que los demás me suplieran, pero llegó un momento en que sentí que le echaba de menos y se me vino el mundo encima. Si yo le echaba de menos él también me echaría de menos y yo era su madre, su todo, además sentía que cada vez que le hablaba era para recriminarle por alguna cosa y me sentí muy mal. Así que me propuse volcarme en él por muy cansada que estuviera. Ahora le animo a participar en todo lo que hago, cuando veo que está de malhumor en vez de frustrarme hago mil cosas hasta que logro sacarle una sonrisa, aprovecho los momentos en los que el Pequeñajo se duerme en la minicuna o está dormido en el maxi-cosi al sacarlo del coche para achuchar al Peque Mayor a solas, en exclusiva, y jugar con él totalmente concentrada. Y cada día procuro bañarlo yo, para tener ese ratito a solas de juegos y sonrisas que sé que a él le hace falta. Y mi recompensa la obtuve hace un par de semanas cuando me vino a buscar a la cocina y me dijo espontáneamente y por primera vez “Te ‘quero’ mucho mamá” mientras me abrazaba la pierna. Ahora me lo dice a todas horas, lo noto más relajado y vuelvo a verlo tan alegre como antes. Y todo esto me dice que lo estoy haciendo bien, que tenía razón, que me echaba de menos y que cuando se portaba mal era para llamar la atención.

De esto me di cuenta con mi marido. Estas semanas está volviendo tres o cuatro horas más tarde que de costumbre. Cuando vuelve a casa está cansado y yo aprovecho para darle al Pequeñajo y así poder ducharme, por ejemplo. Y el Peque Mayor, mientras su padre está con su hermano en el sofá, no deja de intentar saltarle por encima, le llama constantemente, le pide de todo, y si no consigue la atención que quiere empieza a hacer cosas que sabe que están mal y que le vamos a regañar.

Las primeras dos semanas después de que mi marido volviera a trabajar, se pasaba todo el día preguntando por él, pero cuando llegaba y quería ayudar al Peque Mayor con algo, él le decía que no, que la mama. Ahora cuando no está de humor y algo no le parece bien, le pega a su padre un manotazo en la pierna. Y sé que a mi marido esto le duele, porque tienen una relación muy estrecha y no entiende por qué le pega, o por qué sólo quiere que yo lo coja o le ayude a ponerse los zapatos y sé que se le clava una espinita cuando me dice esos “Te ‘quero’ mucho mamá”. Pero es normal, me paso las 24 horas del día con ellos ahora que estoy de baja y el comportamiento del Peque Mayor es su manera de castigar a su padre por estar menos tiempo en casa, tiene sólo dos años y no sabe cómo decirle de otra manera que le necesita y que le quiere y prueba irrefutable de ello es que cada vez que el Pequeñajo llora me dice: “Llora ‘poque’ echa de menos a papá”.

Mi segunda horita corta

Mi segunda horita corta

Llevaba unas cuantas noches con contracciones, así que cuando las contracciones me despertaron el domingo a las dos de la mañana, tampoco me emocioné mucho. Tenía la sensación de que el Pequeñajo se iba a retrasar todavía más que su hermano, que nació una semana después de la FPP.

Me levanté sin despertar a nadie y me dio por recoger toda la casa. Las contracciones no eran muy seguidas y se iban parando, pero sobre las cuatro parecía que empezaban a regularse y desperté a mi marido.

– Levántate y ayúdame a preparar la mochila del Peque Mayor que creo que estoy de parto. – le dije.

Fue levantarse y otra vez se pararon las contracciones. A las cinco de la mañana le dije que se volviera a la cama porque en principio tenía guardia y le tocaba trabajar esa mañana. Se fue a dormir y yo, que ya estaba un poco harta y puesto que ya llevaba cinco días de retraso me dio por ponerme a bailar. Así que ahí estaba yo, sola de madrugada, en medio del comedor y en pijama, meneando la barrigota, añadiré que no se me da muy bien bailar. Las contracciones tenían que volver y si me tumbaba en la cama la cosa no avanzaría. A las seis volví a despertar a mi marido.

– Ahora sí que sí, vístete y avisamos a mis padres para que se queden con el Peque.

Llegamos al hospital a las siete de la mañana. Las contracciones se habían vuelto a estancar y me temía que me mandaran para casa.

– A ver… estás casi de 6 centímetros.
– Pero está muy arriba, ¿verdad? – Le pregunté. Mientras que el Mayor se había encajado a los ocho meses, el Pequeñajo no lo había hecho aún y eso que estaba en la 40 + 5.
– Sí, está muy alto.

Me pusieron las correas y en una hora sólo tuve dos contracciones ridículas.

– Estás suficientemente dilatada como para quedarte, pero el bebé está muy arriba y tienes contracciones irregulares. No te mandamos a casa porque vives lejos. Como quieres parto natural, es mejor que te vayas a caminar. Iros a desayunar algo ligerito, camináis un poco y volvéis a las once a ver qué tal.

Y ahí estábamos nosotros, a las ocho de la mañana, en la puerta del hospital con tres maletas otra vez para el coche, pensando que la cosa iría para largo.

– No hacía falta que trajerais las maletas, podíais ir a buscarlas cuando naciera. – nos dijeron un par de comadronas.
– Ni hablar, tuvimos una mala experiencia con el primero, así que yo me traigo las maletas. – les dijo mi marido.

Y es que cuando nació el Peque Mayor, mientras mi marido iba a buscar las mochilas al coche, se llevaron al peque en volandas, medio destapado para pesarlo, pese a que yo me negué y les insistí en que se esperaran por lo menos a mi marido para que fuera con él. Pero la enfermera se aprovechó de que yo no me podía levantar todavía, pues hacía sólo dos horas que había parido y me habían puesto epidural, y se lo llevó. Parecía tener mucha prisa pese a que eran las cuatro de la mañana. Lo que más rabia me dio fue que al quejarme a la enfermera del siguiente turno, ésta me dijo que esa no era la política del hospital y que ella siempre se esperaba para que el padre pudiera acompañar al bebé.

A lo que iba. Fuimos a dejar las maletas al coche y por un momento nos planteamos la idea de ir a votar. Era domingo 9 de Noviembre y supongo que habréis oído hablar sobre la controvertida consulta popular sobre la independencia. El caso es que decidimos no ir porque el coche estaba muy bien aparcado y menos mal, porque si no habría salido en todas las noticias pariendo delante de una urna.

Pasamos por delante de un puesto de churros. Mmmm… mejor no que me han dicho algo ligerito. Eran las nueve y estaba acabando de desayunar en el Viena.

– Buf, mejor vamos a caminar que ahora son más fuertes. – le dije a mi marido. Y es que nada más salir del hospital habían vuelto las contracciones y ya para esa hora eran cada seis minutos.

Otra vez calle arriba y calle abajo. Escaleras.

– ¡Qué palo! – me dice mi marido.
– Tú calla que la que está de parto soy yo y dicen que las escaleras van muy bien para que baje.

En ese punto yo ya me iba parando en medio de la calle, intentando no llamar mucho la atención.

– Supongo que cualquiera que me vea se dará cuenta de que estoy de parto.
– O pensará que te vas patas abajo. – Mi marido y sus chistes malos.

Eran las diez y diez y nos habíamos sentado en un rellano.

– Bajamos esta calle y luego vamos al coche a por la mochila y al hospital. –le dije.

Pero fue levantarme y me dio una contracción de las fuertes.

– Mejor acompáñame al hospital (estábamos sólo a 200 metros) y luego vas tú corriendo a por la mochila.

Di cinco pasos y otra contracción. Crucé el paso de cebra y otra más. Ahí ya no podía disimular y una mujer que estaba en la parada del autobús se me quedó mirando con media sonrisa.

Llegamos a la puerta del hospital.

– Corre. – le dije a mi marido.
– Ves entrando.
– No, no, yo te espero aquí.

Yo ya notaba que el Pequeñajo estaba encajado. Vuelve mi marido. Dos ascensores para todo el puñetero hospital y uno estropeado. Los segundos se hacen eternos. Me voy corriendo para las escaleras. Pico a la puerta del Área de Ginecología. ¡Pero por qué tardarán tanto! Abren, son las 10:35 horas.

Mi marido se queda en la sala de espera mientras me miran.

Me tengo que quitar los pantalones y casi no puedo por las contracciones.

– Uy qué bien, ¡si estás completa ya!
– Oye que me lo he pensado mejor y sí que quiero la epidural.
– ¡Qué dices! Pero si lo estás haciendo muy bien, eres una campeona.
– No, no, que me acuerdo del primero y no me apetece estar así cinco horas más.
– ¿Estás segura?
– No… pero pónmela.

Me acompañan a una sala de dilatación. Me ponen las correas y una enfermera empieza a ponerme una vía.

– Creo que he roto aguas. – la chica me mira.
– No, no.

Y de repente, ¡flas! Rompo aguas.

– ¡Qué sale, qué sale! – empiezo a gritar.
– No hombre, no, tranquila.
– ¡Qué sí! ¡Qué sale! ¡Ayuda! – Eso fue lo que me salió, un poco ridículo pero por suerte no me dio por insultar.

Viene la comadrona.

– Si no te estás quieta no podemos ponerte la epidural. ¿Vas a poder?
– Sí, sí… ¡qué sale!

Me mira y dice.

– Sí, sí, ya está aquí.

De repente cogen la cama y me llevan corriendo a sala de partos. Yo seguía gritando, por supuesto, y seguía empujando porque notaba como presionaba la cabecita a punto de salir.

– ¡Mi marido, mi marido!
– Ahora le avisamos, tranquila.

En la sala de partos me dicen que me pase a la camilla.

– No puedo, no puedo.
– Que sí, apoya los codos.
– ¡No puedo! – en ese momento tuve un instante de lucidez y pensé. Joder, sois cinco, tan difícil es ayudarme a subir a la camilla. Yo es que no podía levantarme.
– Que sí, que sí. – Hago un esfuerzo y consigo medio arrastrarme, me ayudan un poco. Sigo gritando y mientras todas me dicen que lo estoy haciendo muy bien, la comadrona jefe me dice.
– Muy mal, no grites, respira.

¡Joder! Pienso, pero respiro. Casi no me entero de nada de lo que me dicen. Pero de repente oigo.

– Ya estoy aquí. – Es mi marido.
– Venga empuja, que ya casi está. – dice una comadrona.

Empujo con todas mis fuerzas y noto como sale la cabeza y una sensación de alivio inmediata, ya no me duele nada. Salen los hombros y oigo un ¡crec! Y entonces me ponen al Pequeñajo encima por primera vez. Me parece increíble que ya esté aquí, todo ha salido bien, el peque está bien. En un primer momento no se me parece en nada a su hermano. Ha nacido a las 10:57.

– ¡Es mofeta! – dice mi marido.

Yo me río. Y es que mi hijo mayor nació totalmente calvo y sin cejas y mi marido siempre dice al ver mi foto de recién nacida, con una mata de pelo negro en la cabeza, que parece que tenga una mofeta en la cabeza. Aunque debo decir que el Pequeñajo es moreno pero no tiene tanto pelo, no es ni calvo ni peludo.

Se lo llevan para pesarlo.

– ¿Cuánto? – pregunto algo nerviosa. Y es que en la ecografía del tercer trimestre me habían dicho que era pequeño y que tenía que hacer reposo y tomar proteínas.
– 3,500.
– ¡Uala! – decimos mi marido y yo.
– Oye – le digo a mi marido bajito – ¿Al niño se le ha dislocado el hombro o algo? Porque he oído un crec.
– ¿El niño? – me contesta – Si has sido tú.

Y es que la cosa fue tan rápido (desde que rompí aguas hasta que salió pasaron 7 minutos) que me desgarré. Por suerte no me hicieron episiotomía pero sí que me tuvieron que coser y para mi desgracia la que lo hizo era novata. Ahí estaba yo, temblando, empapada, deseando que acabaran ya para poder estirar las piernas y darle el pecho a mi hijo, con una comadrona cosiendo y la otra explicándole cómo tenía que hacerlo. ¡Yo que ya venía algo traumada de casa por mi cicatriz del parto anterior!

Pero todo fue bien, la estancia en el hospital genial, el Pequeñajo es un amor y su hermano también.

Este parto fue mucho mejor que el primero y eso que el primero no fue malo. Dilaté paseando tranquilamente por la calle y estuve con contracciones fuertes durante menos de una hora. Fue un parto muy corto pero es que lo llevo en los genes. Mi abuela tuvo a mi tía con el abrigo y las medias puestas, y mi madre también tuvo partos muy cortos. Al final conseguí parir sin epidural y aunque noté todo el expulsivo para mí fue peor estar cuatro horas con contracciones fuertes y sin separación entre una y otra como me pasó con el Mayor.

Lo mejor de parir sin epidural es que me pude levantar justo después de parir, pude comer en cuanto subí a la habitación y me encontré genial y con mucha energía en seguida.

Mi intención era explicar los dos partos en un mismo post, pero me enrollo tanto que sería muy largo, así que próximamente… El parto del Mayor.

¿Y vosotras tuvisteis un parto corto? ¿Paristeis con o sin epidural? ¿Hay algo que no os gustó?