Mamá dame sólo teta que aún no estoy listo

Mamá dame sólo teta

Pese al título, este post es tanto para mamás que dan el pecho como para las que dan el biberón.

A partir de los seis meses parece que es obligado empezar a introducir (debería ser ofrecer y no introducir para empezar) a los peques alimentos diferentes a la leche. Te dan algunos papeles e instrucciones muy concretas sobre qué y cómo debe comer tu bebé. Hay quien no se cuestiona estas indicaciones, yo soy de las que sí.

Cuando tu hijo cumple seis meses y te dicen que hay que introducir alimentos complementarios pueden pasar dos cosas: Que acepte lo que le das sin ningún problema o que rechace los nuevos alimentos.

Si tu hijo es de los primeros genial, nadie te tocará las narices, porque no tendrás problemas en seguir las pautas que te han marcado, eso sí tú estás de acuerdo, por supuesto.

Si en cambio es de los segundos, mucho cuidado porque pueden pasar diferentes cosas: Que creas que tu hijo es un bicho raro, que las abuelas te digan que se va a quedar en los huesos, que entonces te angusties por si se va a morir de hambre, etc. Y esto te puede llevar a agobiarte y a no respetar su ritmo.

Mis dos peques son de los segundos, admito que confiaba en que el Pequeñajo fuera de los primeros después de lo difícil que nos resultó tener que nadar a contracorriente con el Peque Mayor porque, al menos en nuestro caso, los profesionales de la salud no sólo no nos ayudaron si no que se dedicaron a ponernos piedras en medio del camino.

Con el Peque Mayor empezamos a hacer baby led weaning cuando tenía casi 10 meses, no sabíamos ni lo que era, más tarde descubrimos que lo que hacíamos se llamaba así. Con el Pequeñajo decidimos que haríamos blw desde el principio. Para quien no lo sepa, a grandes rasgos, el baby led weaning consiste en dar a los niños los alimentos enteros, sin triturar, a parte de dejar que coman por sí mismos, no dar de comer, sólo ofrecer.

El Pequeñajo tiene poco más de siete meses y medio y todavía no está preparado para comer otros alimentos y es totalmente normal, no me preocupa, ya madurará. Así que pese a que chupe de vez en cuando una pieza de fruta o verdura, sólo toma teta salvo una excepción que explicaré más adelante.

Se lleva muchas cosas a la boca, el móvil, las toallitas, las servilletas y por lo general, todo aquello que no quiero que se lleve a la boca pero, en cambio, cuando le pongo comida delante, sea lo que sea, la estruja, la manosea, la espachurra, la tira al suelo, pero no se la lleva a la boca. Si chupa una manzana o un plátano es porque primero se lo he acercado yo a la boca, y si le interesa lo coge y lo chupa un poco más, pero si no, se echa hacia atrás, empuja la comida con las manos o aparta la cara. Y yo respeto su decisión.

Además hay otra razón muy clara por la que sé que todavía no está preparado para comer otros alimentos, todavía no ha perdido el reflejo de extrusión. Si nota algún trocito incluso más pequeño que un grano de arroz le dan arcadas. ¿Y por qué no le hago purés? Pues le he ofrecido purés también, porqué pensé: ¡A ver si va a resultar que el Pequeñajo quiere comer pero no le gusta la comida entera! Así que de la misma manera que con el PequeMayor pasamos de los purés a los trozos por probar si de esa manera comía, con el Pequeñajo hemos probamos a la inversa, pero ha resultado que también le dan arcadas. Una manzana la coge y la chupa, el otro día le ofrecí puré de manzana con una cuchara probó media cucharada y lo vomitó directamente. Conclusión: Sigue sin estar preparado, de momento no le interesa la comida de ninguna manera. Sólo he hecho una excepción, y ha sido con los cereales por el tema del gluten. Busqué información en libros, por internet y pregunté a diferentes enfermeras de pediatría y a una comadrona, pero no supieron darme una alternativa viable para introducir el gluten que el Pequeñajo aceptara.

No me gustan los cereales industriales, cuando voy al supermercado no me gustan los productos con listas interminables de componentes de los que además la mayoría no sé ni siquiera identificar. En estos casos menos es más. Pero como ya he dicho al final he acabado por darle al Pequeñajo los dichosos cereales hidrolizados.

Lo que no hago es dárselos por la mañana, se los da mi marido por la tarde. ¿Por qué? Pues porque me parece absurdo sacarme leche para darle los cereales estando yo en casa pudiéndole dar la teta directamente, con el mayor me sacaba leche dos veces, una para darle los cereales y otra para el biberón de cuándo estaba en el trabajo, y además de ser agotador, en mi caso, llegó un punto en que me era prácticamente imposible conseguir sacarme leche suficiente. Así que me saco leche una vez y el papi le pone dos cucharaditas de cereales que el Pequeñajo no nota siquiera.

Intenté introducir el gluten con pasta de maíz, tortitas, arroz… pero como ya he explicado el Pequeñajo no está preparado todavía, y pese a mis convicciones no soy una persona radical ni mucho menos, me considero flexible, creo que es bueno saber cambiar de opinión y no obcecarse, no me gustan los blancos o los negros, prefiero los grises. Sopesé los pros y los contras y decidí que prefería introducir el gluten siguiendo los consejos de la enfermera y comprar los cereales en polvo, pese a tener información fiable sobre que la introducción del gluten puede hacerse más adelante. Sin embargo en este caso he preferido pecar de precavida. Creo que como padres debemos reflexionar bien y estar convencidos de nuestras decisiones, y hacer lo que creemos que es mejor para nuestros hijos sin pensar en lo que dirán o pensarán los demás, y a mí no me importa contradecirme, me gusta tener la libertad de elegir y poder cambiar, pocas cosas son inamovibles.

Después de casi tres años como mamá he aprendido mucho sobre la comida. He buscado, rebuscado y me he informado y empapado mucho sobre alimentación sobre todo desde que el Peque Mayor empezó con la alimentación complementaria y vimos que algo no le sentaba bien. Hasta los dos años fuimos de cabeza. Algo no iba bien y nadie supo ayudarnos ni acompañarnos, descartaron el gluten, la alergia a la proteína de vaca y al huevo, una invaginación del intestino y al final nos dijeron que probáramos y fuéramos descartando, porque las intolerancias son difíciles de diagnosticar.

Al final dedujimos que hasta los dos años tuvo intolerancia a la lactosa (nuestro pediatra actual nos explicó que era muy común que hasta los dos años muchos niños fueran intolerantes a la lactosa y que después se les quitara), pero aparte de eso, parece ser que le tardó mucho en madurar el intestino, o eso nos dijo otro pediatra. Cada dos o tres semanas estaba con diarrea, había muchos alimentos que le sentaban mal, y entre lo que no podía comer y lo que no quería comer, pocas opciones nos quedaban. A todo esto con catorce meses la pediatra y la enfermera de pediatría que tenía entonces me dijeron que ellas eran pro-lactancia materna pero, que en este caso, por el bien de mi hijo, tenía que quitarle el pecho porque estaba interfiriendo en su alimentación y estaba bajando demasiado la dichosa curva del percentil (todo esto lo expliqué en este post), menos mal que les dije que no pensaba hacerlo y que estaban equivocadas, pese a todo, ojalá me hubiera leído entonces el libro “Se me hace bola” de Julio Basulto, porque además lo que tendría que haber hecho era precisamente darle más teta, porque no se la quité pero fui reduciendo tomas y estoy convencida de que lo que necesitaba era totalmente lo contrario, la teta era lo que le engordaba, lo que le sentaba bien en ese momento, el resto no.

Pese a todo, no me dejé presionar y no le he presionado nunca y por suerte maduró lo que tenía que madurar y mi niño con casi tres años no necesita ni babero come de todo y muy bien, ha necesitado su tiempo para adaptarse a algunos alimentos, no quiso el huevo ni en pintura hasta hace unos meses y yo lo respeté, igual que respeté su etapa de no quiero arroz o no quiero legumbres, a veces necesitan su tiempo y también tienen derecho a que algunas cosas no les gusten, yo como de todo y algunas cosas no me gustan como a todo el mundo. No soporto las judías verdes y una vez a la semana tenía que comerme las dichosas judías porque era lo que tocaba, ¿por qué no podía comer otra verdura? ¿Qué más da judías que acelgas o espinacas? Todavía, de vez en cuando, alguna cosa le sienta mal, pero ha engordado bastante, y está por debajo de la curva, sí, pero es que mi hijo mayor es así, de constitución atlética ;).

¿Y qué les parece todo esto a las enfermeras de pediatría en las revisiones del Pequeñajo? Yo ahora sólo respondo a lo que me preguntan y no voy más allá, resulta muy pesado tener que estar justificando tus decisiones constantemente. La última vez me dijeron: “Ya le das verdura y pollo, ¿no?” Y yo contesté: “Sí, sí” Lo que no les dije era que yo se lo había ofrecido, no que se lo comiera que supongo que era lo que me estaban preguntando.

Lo mejor de todo fue en la revisión de los seis meses que me dijeron:

– ¿Le das pecho?

– Sí.

– Y también biberón, ¿no? (se refería a leche de fórmula)

– No.

– Pero le das más cosas.

– Bueno, alguna fruta ha chupado.

– Pero le das cereales sin gluten, ¿no? (todo lo daba por sentado)

– Bueno, estamos empezando, arroz y pasta, pero todavía no está preparado.

– ¿Cómo que no está preparado?

– Bueno, todavía no se lo quiere llevar a la boca.

– ¡Pero cómo se lo va a llevar a la boca si es muy pequeño! (Vamos a ver, cómo puede sorprenderle esto tanto a una enfermera de pediatría, mi hijo mayor se llevaba la comida a la boca a los seis meses, y mucho antes de los seis meses la mayoría de los niños se llevan un montón de cosas a la boca, ¿por qué la comida no?)

– Pero ¿no le das papilla?

– Es que no me gustan los cereales industriales. (Aquí acabábamos de empezar y todavía estábamos probando otras cosas)

– ¡Aaaah! Que tú eres de esas de Terapias Alternativas… (no lo dijo como un cumplido)

No le hice ningún comentario, pero cuando salí de la consulta no pude más que echarme a reír. Ya me habían etiquetado. En mi modesta opinión creo que no dice mucho a su favor que el hecho de querer alimentar a mi hijo de una manera más natural lo considere no sólo alternativo sino una Terapia Alternativa. Creo que respecto a la alimentación queda mucho camino por recorrer, olvidarse de tantas pautas, de tanta rigidez y usar el sentido común, basarse en información objetiva y contrastada, porque realmente no existen estudios fiables que demuestren que determinados alimentos es mejor introducirlos un mes antes o después.

¿Y vosotros, qué pensáis sobre las pautas para ofrecer alimentos complementarios? ¿Seguís las recomendaciones o tenéis otro criterio? ¿Tenéis o habéis tenido problemas cuando los peques empezaron a comer cosas distintas a la leche? ¿Qué opináis del baby led weaning?

P.D. Para terminar añadiré que el pasado miércoles 1 de julio fue mi cumpleaños. Y en mi buzón entre unas cuantas facturas me llevé una sorpresa. Esto es lo que me envió mi hermana desde Inglaterra por mi 27 cumpleaños. ¡Laura te quiero un montón, eres lo más! Ojalá no tuvieras que irte lejos para conseguir todo lo que has conseguido allí. ¡Ánimo!

Mamá dame sólo teta2

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¿Al cole sin pañal?

Al cole sin pañal

Sí, sigo viva, pero no doy para más. Como ya dije en otro post tienen que alinearse todos los astros para que pueda publicar algo en el blog, yo no sé cómo lo harán los demás, pero me da la sensación de que las horas me adelantan una y otra vez, y no consigo subir el ritmo. Voy acelerada y aún así, no me da tiempo de hacer todo lo que me gustaría.

Voy acelerada sí, pero intento tomarme las cosas con calma respecto a los niños, no me gusta meterles prisa, yo voy mirando el reloj de reojo cada mañana mientras veo como el Peque Mayor deja la cuchara llena de cereales suspendida a medio camino entre su boca y el bol del desayuno con los ojos clavados en la caja tonta, suspiro y espero o me voy a hacer otra cosa, pero intento no decirle nada, como mucho le pregunto de vez en cuando si está comiendo, aunque yo sepa la respuesta, pero eso al menos le deshipnotiza momentáneamente y vuelve a devorar los crispis.

Le dejo que se vista solo porque quiere vestirse solo y así no coarto su aprendizaje ni su independencia, pese a que si le vistiera yo tardaría cuatro veces menos, pese a que la mitad de las veces se ponga los zapatos al revés y se los tenga que volver a quitar y volver a poner él.

Le sigo el juego cuando se distrae con cualquier cosa, o cuando quiere cerrar él la puerta con las llaves, hacerme esperar en la puerta mientras llega al coche (dentro de casa no en la calle) y me diga: Espera mama, todavía no, yo primero, ahora.

¿Y por qué? Pues porque así todas las mañanas nos vamos todos de buen humor a la guarde y se siente valorado, querido y respetado. Puede que algunos piensen que hace lo que le da la gana, pero no es verdad, simplemente intento dejarle ser niño. Por supuesto que muchas veces le digo que no y me tengo que discutir con él, pero acepta mucho mejor las cosas cuando respetamos su ritmo.

Y sí, muchas veces llegamos a la guarde dos o tres minutos tarde, y no pasa nada. Seguro que más de uno pensará que no es lo mismo si tuviera que hacerlo cuando tengo que ir a trabajar, pues lo cierto es que también lo hago al mediodía cuando tengo que irme a trabajar, y no llego nunca tarde. Mi estrategia es, quince minutos antes de tener que irnos, decirle que se ponga los zapatos que ya nos vamos, y acabamos saliendo a la hora a la que tenemos que salir.

Y todo esto qué tiene que ver con el pañal. Bueno, pues tiene mucho que ver.

En septiembre el Peque Mayor empieza el cole, P3, y no dejan que los niños lleven pañal, pero ni en el del Peque Mayor ni en todos los que fuimos a ver. Y a mí eso me parece fatal, significa no respetar el ritmo de algunos niños que en ese momento todavía no están preparados para quitarse el pañal, ya sea porque todavía no controlan esfínteres o porque no se sienten seguros o maduros para ello.

En muchos sitios me han dicho que es porque las profesoras no están para cambiar pañales, pero me parece absurdo cuando de otra manera, los niños que no controlen esfínteres van a tener que cambiarlos enteros si se hacen pis encima, y eso para mí, es más trabajo para las profesoras y, lo más importante, puede afectar a la autoestima de esos niños. Por otra parte, la mayoría de niños cuando empiezan P3 no llevan pañal, no creo que sea tantísimo esfuerzo esperar un poco a que tres o cuatro niños dejen el pañal por si mismos. Estamos hablando además de que hay niños que empiezan en septiembre sin haber cumplido todavía los tres años.

Y nosotros qué hemos hecho. Pues por desgracia no podemos cambiar las normas, pero mientras no llegara septiembre apoyaríamos al Peque Mayor en su rotunda negativa de decirle adiós al pañal. Le explicamos, eso sí, que en el cole de los grandes no podría llevar pañal, y cuando me preguntó “¿Por qué?” La verdad es que no supe qué contestarle.

Y nuestra paciencia se ha visto recompensada. En casa algunas tardes, como hacía calor, iba sin pañal y poco a poco fue haciendo pipi en el orinal o en el váter con el reductor, caca no. Yo sabía que ya controlaba esfínteres porque cuando íbamos a la piscina y no le ponía pañal, me pedía pipi y me daba tiempo de llevarlo al váter. Cada vez que progresaba le alabábamos y él se sentía bien, se sentía orgulloso, cuando se le escapaba y se quejaba nosotros le quitábamos importancia lo cambiábamos y punto. Algunos días le preguntaba por la mañana si quería ir sin pañal y me decía que no, entonces yo le decía que cuando se sintiera preparado que me lo dijera.

Y después de un par de semanas de tarde sí tarde no con pañal, hace dos fines de semana decidió ir sin pañal fuera de casa, al día siguiente se hizo caca en el suelo, ¡pobre! Le explicamos bien que la caca también se hacía en el orinal o el váter y la siguiente vez hizo en el váter.

Y al día siguiente, el lunes pasado no, el otro, se fue a la guarde sin pañal y se acabó. Ni un escape ni con el pipi ni con la caca desde entonces. Parece que hubiera ido sin pañal toda la vida. Y él la mar de feliz con sus “Calsonsillos” porque “Soy grande, mamá”.

Jamás me hubiera imaginado que podría haberse quitado el pañal tan fácilmente, el Peque Mayor es muy cabezota y era muy rotundo respecto al pañal, no quería ni oír hablar de calzoncillos ni orinales, no avisaba cuando se había hecho caca y muchas veces no se dejaba cambiar el pañal. Pero la prueba de que lo hemos hecho bien es lo contento y feliz que está, la manera tan natural como ha cambiado el pañal por los calzoncillos y el hecho de que no haya sufrido durante este proceso tan importante para él.

Y aunque me haya quitado un peso de encima con lo del colegio sigo pensando que lo hacen mal y que no es justo, y con el Pequeñajo haremos igual, y me pelearé con quien haga falta para que le dejen ir con pañal si así lo necesita cuando empiece el colegio porque además es de noviembre.

Y para acabar muchísimas gracias a todos los que me leéis, no os perdáis el próximo post, irá sobre el Pequeñajo y la introducción de la alimentación complementaria con nuevos comentarios para la sección Hago oídos sordos de las enfermeras de pediatría.

¿Y vosotros qué pensáis sobre que no puedan llevar pañal en el colegio? ¿Cómo han llevado vuestros peques el proceso de dejar el pañal?

A dos brazos

A dos brazos

No sé por qué le molesta tanto a algunas personas que tenga a mis hijos en brazos. “Túmbalo ahí en el sofá y así descansas”, “Ponlo en el carro y come tranquila”, “Déjalo en la minicuna que se duerma”… Eso cuando son bebés, ahora al Peque Mayor se lo dicen directamente: “Tú ya eres grande para ir todo el día en brazos”. Y por mucho que les diga que no, que no me importa, que me gusta tenerlos conmigo si me necesitan (y cuando yo lo necesito pues también), que prefiero comer con ellos encima a hacerlo sola oyéndolos llorar…no hay manera.

¡Pero qué más les dará! ¡Ni que fueran ellos quienes los tuvieran encima! Y es que mis hijos son mucho de brazos, los dos. Cuando digo esto muchos piensan, o nos dicen directamente, que es culpa nuestra. Porque alguien tiene que tener la culpa de este comportamiento tan extraño, pero si los bebés no necesitan el contacto de sus padres, ni que los abracen ni que los mimen (léase con ironía).

El Peque Mayor se pasó meses echando la siesta encima nuestro. Al principio intentábamos ponerlo en la minicuna, pero era rozar las sábanas y despertarse. Al final desistimos y uno de los dos aprovechaba sus siestas para descansar mientras el otro se encargaba del resto. Poco a poco fue cambiando y ahora incluso se queda dormido solo en el sofá. Él que era de los que necesitaba unas horas de pasillo para dormir, él que se pasaba dando vueltas en la cama hasta la una de la mañana y ni la teta conseguía dormirlo por las noches (podéis leer nuestras técnicas para dormirlo aquí). Culpa nuestra, nos dicen, por mecerlo, dormirlo en brazos, ¡colechar! (El colecho tiene siempre la culpa de todo, sólo me ha faltado oír: “Se ha caído en el parque porque colecháis”).

No sé cómo lo harán los demás padres, mi hijo mayor ha necesitado casi dos años para aprender a dormirse tranquilamente y, si os soy sincera, no me parece tanto tiempo. El día que se sale de la rutina no hay siesta que valga, pero como muchos niños. La última boda a la que fuimos, mientras yo luchaba por mantener los ojos abiertos de madrugada, él seguía de juerga. Y no os penséis que luego se pasó la mañana durmiendo no, llegamos a casa casi a las cuatro de la madrugada y a las nueve ya me estaba abriendo los párpados con el dedo al grito de “¡Crispis!”.

Yo estaba convencida de que simplemente él es así, pero al nacer el Pequeñajo he empezado a dudar. Duerme más horas de las que dormía su hermano, por la noche no hay que pasarse 3 horas recorriendo la casa, pero es meterlo en la minicuna y despertarse. Todavía puedo decir que él ha dormido un par de horas seguidas en ella, pero supongo que es porque insisto más (hasta ocho intentos seguidos), es el segundo y es lo que hay. Su hermano necesita que le ayude a vestirse, que le prepare la comida…y con los dos en brazos me faltan manos. Unos vecinos nuestros, que tienen trillizos de la edad del Peque Mayor, recuerdo que nos decían cuando tenían pocos meses: “V. ha nacido para ser hijo único, pero tiene que compartirnos con los otros dos”.
Siempre he creído que va con el carácter del niño pero ¿es casualidad que me hayan salido los dos anticuna? Supongo que sí. Pero cuando veo a otros niños dormir plácidamente en sus minicunas sin despertarse, no puedo evitar preguntarme si es porque son así o existe alguna técnica secreta de la que no estoy enterada (abstenerse Estivillistas).

Aunque no lo parezca, no es una queja, es cierto que me iría bien que el Pequeñajo durmiera en la minicuna, aunque sólo fuera un ratito para, al menos, poder vestirme y hacer la comida en la mitad de tiempo. Pero cuando me quedé embarazada ya iba con la idea de que podía ser tan difícil de dormir como su hermano y, en cambio, no ha sido así, pero el misterio de la minicuna me tiene intrigada. De momento seguiré por aquí unos meses más, porteando y en pijama, todavía no he aprendido a cambiarme de ropa con el fular puesto.

¿Y vuestros peques necesitan muchos brazos, duermen en cualquier sitio o son como los míos que necesitan mucho calor humano para sentirse a gusto?

Frente a los problemas de comportamiento

Frente a los problemas de comportamiento

Estamos otra vez con lo de siempre. Si tu hijo se despierta 5 veces por la noche es que tiene problemas de sueño, si no se está quieto en el carro y hace todo lo que le dices tiene problemas de comportamiento. Pero vamos a ver, ¡de dónde se sacan algunos profesionales lo que es normal y lo que no! ¿Cuántos niños duermen con un año diez horas del tirón? ¿Cuántos niños se están quietos sin moverse en el mismo sitio y no utilizan la palabra NO? Pues alguno habrá, pero nadie me va a convencer de que el 99% de los niños son así y que el mío es el 1% restante.

¿A qué viene todo este rollo? Pues a otra perla que me soltaron la pediatra y la enfermera de pediatría cuando mi peque tenía casi 14 meses. Sí, habéis leído bien, 14 meses.

Mi peque es de principios de agosto así que la revisión del año acabó cayendo a finales de septiembre, al ser un pueblo pequeño en agosto no hacen revisiones y las primeras semanas de septiembre la pediatra tenía vacaciones. Lo miraron, lo midieron, lo pesaron… Y en ese punto empezó, como en cada revisión, el conflicto. Que si no ha aumentado casi, que tiene que comer más, que si déjale el pecho, porque nosotras somos férreas defensoras de la lactancia materna, pero está claro que en el caso de tu hijo está influyendo negativamente en su peso y hay que destetarlo, tendrás que comprarle Pediasure… Llegados a este punto a mí ya me hervía la sangre, y por suerte o por desgracia mi cara lo dice todo, no sé poner cara de pocker. Les dije claramente que no lo iba a destetar y que no tenía claro que necesitara el Pediasure. Y entre tiras y aflojas, no sé cómo, la conversación derivó en el comportamiento de mi hijo. No sé qué les dije, no sé si fueron ellas las que me preguntaron alguna cosa, el caso es que mi peque es un niño que tiene mucha personalidad, que no quiere decir que sea un niño de pataletas, ni que te destroce la casa en una milésima de segunda. Cuando digo que mi hijo es muy movido, la gente sobreentiende que es un salvaje incontrolable. El caso es que mi peque es muy expresivo desde muy pequeño, yo también lo era, y desde bastante bebé ha sabido hacernos entender lo que le gusta y lo que no, y nosotros hemos intentado respetar, dentro de lo posible, sus preferencias. Que hay algo de comer que no quiere porque le da un asco tremendo, pues lo substituyo por otra cosa parecida la próxima vez y al cabo de un tiempo le vuelvo a probar lo primero. Con la comida parece que nos olvidamos cómo comemos nosotros los adultos, si hay algo que no nos gusta muchas veces no lo comemos y a nadie parece importarle, ¿por qué con los niños hay que ser tan inflexible? ¿Qué más da que la pera no le guste si se come la manzana? ¿Qué más da?

Me estoy yendo un poco por las ramas. El caso es que mi hijo con casi 14 meses, empezaba a enfadarse o enrabietarse (dependiendo del día) cuando no quería algo, se pasaba el día diciendo que no, tenía una temporadita de esas en las que hay que armarse de paciencia, y además comía poquito para comer y cenar, llevaba unos meses sin probar los cereales para desayunar y yo estaba bastante harta de la persecución a la que nos tenían sometidos la pediatra y la enfermera. A parte, agosto había sido un mes duro, a mi suegro le había dado un ataque al corazón en León (él es de allí y va todos los veranos) y mi marido se había ido dos semanas para estar con él, por lo que me había quedado sola y había tenido que hacer peripecias para combinarme los horarios del trabajo con mi madre para que pudiera quedarse con el peque. Estaba agotada, así que no fui con muy buena cara a la revisión, y para acabarlo de rematar, después de inflarme la cabeza con lo del peso y el destete, la enfermera de pediatría, ni corta ni perezosa me dijo:

– Tu hijo tiene problemas de comportamiento. Está un poco adelantado a su edad y parece que tiene la crisis de los 2 años. En el pueblo de al lado está el centro X que es para familias cuyos hijos tienen problemas, hay psicólogos especializados en el tema, toma el teléfono, ya me dirás qué tal.

En ese momento no supe cómo reaccionar. Me guardé el teléfono del centro y el folleto del Pediasure, recogí los bártulos (hijo incluido) y me fui a la farmacia. Le compré el dichoso bote de Pediasure y cuando llegué a casa y me tranquilicé. Empecé a cabrearme conmigo misma. Me había dejado llevar a su terreno, había dudado de lo que yo creía, de mi hijo. Guardé el Pediasure y tiré el teléfono del maldito centro a la basura.

No me entra en la cabeza que alguien pueda pensar que un niño tan pequeño pueda tener problemas de comportamiento, ni con 14 meses, ni con 2 años ni con 3. Que sean rebeldes, que defiendan sus preferencias, que hagan todo lo contrario a lo que les dices no significa que tengan problemas, para mí quiere decir que están madurando, están creciendo, están reivindicando que ellos no son como nosotros, que no tienen por qué pensar como sus padres, ni tienen por qué gustarles las mismas cosas, y quieren tener derecho a tomar decisiones, y creo que hay que dejarles. No me entendáis mal, no quiero decir que hay que dejarles hacer lo que quieran, pero hay decisiones que pueden tomar que son totalmente inofensivas como la camiseta que se quieren poner, el vaso que quieren para beber, qué fruta quieren comer, si quieren ir al parque o quedarse en casa… Y eso les da seguridad en sí mismos, se sienten valorados, sienten que su opinión cuenta y lo más importante, hace que se sientan felices.

¿Y a vosotros? ¿Os han soltado alguna perla parecida sobre vuestros peques? ¿Qué pensáis sobre los teóricos problemas de comportamiento?

Porque tres no son multitud (ser padres y la relación de pareja)

Tres no son multitud

Desde que mi hijo empezó a caminar, perdón a correr (él nunca camina), ir a comprar al supermercado es toda una odisea. ¿Por qué no se queda uno de los dos con el niño en casa y el otro va a comprar? En primer lugar porque sería tremendamente aburrido y en segundo lugar porque, aunque pueda resultar tremendamente agotador, nosotros siempre vamos juntos a todas partes. Bastantes horas nos pasamos separados mientras estamos trabajando como para querer ir al supermercado, de compras o a comer fuera solos o sin nuestro hijo. No me entendáis mal, claro que en alguna ocasión alguno de los dos se ha ido de cena con los amigos o hemos dejado al peque con los abuelos alguna tarde para hacer alguna gestión en la que necesitábamos estar centrados al cien por cien. Pero no es algo que hagamos por norma, de hecho, podría contar esas ocasiones con los dedos de una mano. Nuestros pobres amigos nos invitan a comer o a cenar sabiendo que el terremoto viene en el pack e incluso después de la experiencia nos vuelven a invitar.

Soy consciente que muchos padres se van de vacaciones o de fin de semana sin sus hijos, pero es algo que no he entendido nunca. Cuando mi hijo tenía pocos meses me reunía con un grupo de madres del pueblo una vez por semana acompañadas por una enfermera de pediatría. Recuerdo un consejo que nos dio que no me gustó.

– Es necesario irse unos días solo con tu pareja y dejar a tu hijo con otras personas para que no se deteriore la relación.

Para empezar nos lo estaba diciendo a mamás que todavía estábamos de baja maternal, es decir, nuestros peques no tenían si quiera dieciséis semanas, y algunas como yo estábamos amamantando a demanda. Es cierto que muchas mamás estuvieron de acuerdo con ella, pero yo no podía imaginar dejar a mi hijo un día y una noche enteros, o más, lejos de mí. No creo que hubiese sido capaz de relajarme sin tener a mi hijo cerca. Así que le dije claramente que yo ni me sentía preparada para hacer tal cosa ni creía que fuese necesario. Ella me miró con cara de suficiencia y me contestó que ya me daría cuenta dentro de unos meses y que era muy importante cuidar la relación con mi pareja.

Mi hijo mayor tiene más de dos años y todavía no he sentido esa necesidad que a ella le resultaba tan evidente. Es cierto que conforme se hacen mayores ya no sientes esa ansiedad de mamá loba, esa etapa se pasa, nuestros peques van adquiriendo nuevas habilidades, y creo que nosotros debemos dejarles experimentar y descubrir el mundo por sí mismos.

Pero nosotros decidimos formar una familia, nosotros decidimos ser tres y pronto cuatro, y somos una piña, nos gusta hacerlo todo juntos: cocinar, poner lavadoras, irnos de excursión, montar muebles, pintar, cambiar una rueda del coche… y mi marido y yo nos seguimos queriendo. Por supuesto que la relación cambia cuando tienes hijos, pero parece que mucha gente asocia la palabra cambio con algo negativo. Nuestra relación es diferente pero es mejor, estamos más compenetrados, seguimos hablando igual que antes (no nos callamos ni debajo del agua) pese a las interrupciones, y aunque la paternidad, sobre todo al principio, en ocasiones te lleva al límite, eso hace que tu relación se fortalezca o al contrario.
Pienso que el mayor error que puede cometer una pareja que no está del todo bien es tener un hijo. En mi opinión, eso no soluciona los problemas, los agrava. Convertirse en padres es un cambio tan grande, tan abrumador, que saca todo lo que llevas dentro;  todo lo bueno y todo lo malo. Cuando llevas horas de sueño atrasado, tu hijo llora y no sabes por qué, tienes hambre, la casa está hecha un desastre, necesitas ducharte… cualquier chispa se convierte en un incendio. Y el superar esos incendios es lo que hace más sólida la relación.

¿Y vosotros, lo hacéis todo juntos o creéis que es necesario hacer cosas en pareja sin niños para que no se deteriore la relación?

Ante la guerra de los percentiles

La guerra de los percentiles

Desde que mi hijo empezó la alimentación complementaria a los seis meses, la obsesión de la enfermera de pediatría y la pediatra para que mi hijo ignorara sus genes y su constitución, y se convirtiera en una pelota de playa me llevó de cabeza durante meses hasta que me planté y empecé a hacer oídos sordos.

Como ya he dicho en alguno de mis otros posts, mi hijo es un niño muy movido, no para quieto nunca, si a eso le sumas los genes de sus padres que de pequeños fuimos niños palo (ahora ya no), y que no es de comer mucho, por lógica, no estará en los puestos más altos de las dichosos percentiles. Pero parece ser que mi pediatra, y no creo que sea la única, no aplica la misma lógica que yo y no entiende muy bien lo que son los percentiles.

Lo que te dice el percentil de altura, por ejemplo, es dónde se sitúa tu hijo entre 100 niños sanos, es decir, que si cogemos a 100 niños sanos, el niño más alto tendrá un percentil 100 de altura y el más bajito un 1 (aunque los percentiles van del 3 al 97). Pero tanto el alto como el bajito son niños totalmente normales y sanos, porque no todos somos iguales. Y con el percentil de peso es exactamente lo mismo. Si salimos un momento a la calle y nos ponemos a comparar nuestra altura o nuestro peso con el resto de adultos que pasen por delante nuestro, ninguno será igual que nosotros y no por eso vamos a pensar que están enfermos.

Es una lucha casi titánica ir en contra de las “recomendaciones”, por no decir imposiciones, de tu pediatra. Lo primero que atacó obviamente fue la lactancia materna, me estuvo machacando durante meses con que le redujera las tomas, que le ofreciera primero las papillas y después el pecho y, finalmente al año, que directamente le quitara el pecho. “Tu hijo no come porque toma pecho”, me dijo. Yo le contesté que no pensaba quitarle el pecho y que porque mi hijo no se comiera 300 gr de verdura no quería decir que no comiera. Sólo le faltó decirme que le pusiera un embudo en la boca.

Menos mal que yo había leído mucho y estaba al tanto de otras posturas médicas acerca de la introducción de alimentos (ya haré otro post al respecto). Menos mal que no le hice caso, ¡menos mal!, porque mi hijo no tiene ningún trauma con la comida, acepta muchísimos alimentos y rechaza también otros, como todos los niños. Es cierto que es algo especial en cuanto a gustos, pero tiene a quién parecerse, porque mi marido es igual, bueno, de hecho mi marido es mucho peor.

A parte de la pediatra parece que sea obligado entre las madres comparar a tu hijo con los de los demás, no voy a decir que yo no lo haga porque no sería verdad, pero no se me ocurriría nunca decirle a una madre “Qué pequeñito es tu hijo, ¿no?”, “Si parecen de la misma edad y eso que el mío es un año más pequeño” o “Tu hijo cada vez que lo veo está más delgado”. Ese tipo de comentarios están de más, no benefician a nadie, la mamá del niño que es más bajito o más delgadito ya lo sabe, tiene ojos en la cara, es posible que en su familia o en el médico ya la estén machacando, puede que incluso le preocupe, y no le apetece salir al parque y que encima allí también se lo recuerden.

Por otra parte, me parece de muy mal gusto hacer comentarios, por muy sutiles que sean, para hacer entender a otras madres que tu hijo es mejor que el suyo. Ya sea porque habla mejor, camina mejor, come mejor, duerme mejor… porque además de quedar mal, jamás convencerás a una madre que otro niño es mejor que el suyo, todas pensamos que el nuestro es mejor que ningún otro. Para mí mi hijo es el mejor del mundo haga lo que haga porque es mi hijo y ya está. Y me parece genial que para las demás mamás los suyos sean los mejores del mundo, no entendería que no fuera de esa manera. Así que, mamás del parque o del supermercado o del ambulatorio que os gusta sacarle defectos a los hijos de las demás, no lo hagáis más, no os hacéis ningún favor.

Y por si todavía alguno o alguna está preocupado por los percentiles de sus hijos, yo siempre les digo a mis conocidos “¡Pero si mi marido midió 46 cm al nacer y pesó poco más de dos quilos y medio!”, y la inmensa mayoría tiene que levantar la cabeza para mirarle porque mide metro noventa y pesa casi noventa quilos. Pero si midiera metro cincuenta y pesara doscientos quilos le querría igual porque para mí mi marido también es el mejor del mundo.

¿Y a vosotros también os traen de cabeza los percentiles?

Cuando decimos que colechamos con nuestro hijo

Decimos que colechamos

De todas nuestras ideas y decisiones sobre la paternidad, el colecho es sin duda la más controvertida y la que ocasiona más comentarios de incomprensión, acompañados casi siempre de alguna mueca. Estas son algunas de las frases que más oímos: No se va a ir nunca de vuestra cama, ya veréis luego para sacarlo, no podéis descansar bien, no tenéis intimidad, afectará a vuestra relación de pareja, ¿qué vais a hacer cuando nazca su hermano?… .

Dormir con tu hijo en la misma cama, según mi experiencia, está mal visto. La gente no entiende el porqué y muchos creen que hemos adoptado obligados esta forma de dormir. Pero no, antes de que nuestro peque naciera ya habíamos decidido que colecharíamos.

Nosotros empezamos a colechar en el Hospital y en seguida empezaron los reproches, una enfermera le dijo a mi marido que acabaríamos echándole a él (papi) de la cama y que más valía que lo pusiéramos en la cuna con algo que oliera a mí porque si no se malacostumbraría.

Aunque la que parece que ha tenido siempre una obsesión enfermiza con mandar a nuestro hijo a dormir solo es mi comadrona. En la revisión de la cuarentena nada más verme entrar por la puerta de la consulta con el peque en brazos me dijo:

– Uy, uy, ¡muy mal!
– ¿Qué pasa? – le pregunté.
– No lo mezas para dormir que se acostumbra.
– Bueno.
– Bueno no, que luego cuando sea grande qué.- No recuerdo como fue después la conversación pero sé que le dije que no dormía en la cuna.
– ¿A no, y dónde duerme?
– Con nosotros, en la cama.
– Uy, uy, el peque tiene que dormir en su cuna con el chupete.
– ¿Por?
– Porque necesita su espacio.
– Pero es que yo no quiero pasarlo a la cuna tan pequeño.
– Pero cuando empieces a trabajar y le quites el pecho y lo pases a la cuna a la vez será demasiado para él.
– Pero es que no lo quiero pasar a la cuna ni dejar de darle el pecho cuando empiece a trabajar.
– Pero es que no es bueno, él necesita su espacio.
– ¿Y el chupete? ¿Por qué?
– Para que se relaje y se duerma.
– Pues de momento no se lo he dado porque no veo que lo necesite.
– Si es que este niño es un pequeño chantajista.

Y la mujer, todavía hoy, durante este segundo embarazo, sigue insistiendo. Cada vez que me ve entrar por la puerta me pregunta si todavía duerme con nosotros y no sólo eso, si no que me dice que lo saquemos ya de nuestra cama porque luego cuando nazca su hermano será peor. ¿Perdón? Me da la sensación de que asume que en cuanto nazca el peque vamos a dejar de colechar con el mayor.

No me parece tan difícil de entender, vamos a dormir los cuatro juntos y ya está. En su día ya compramos una cama más grande y al ver que podíamos quedarnos un poco justos de espacio, la semana pasada nos dio por hacer un poco de bricolaje y convertimos la cuna del mayor (en la que no llegó a dormir nunca) en una cuna-colecho.

Mucha gente nos da consejos de cómo sacar al peque de nuestra cama, ¡pero es que no se enteran de que no queremos sacarlo! ¡Para nosotros no es ningún problema ni ningún inconveniente! ¿Por qué le molesta tanto a los demás si a nosotros no?