Mamá he comido tierra

Mamá he comido tierra

Mis niños se hacen grandes. El Peque Mayor ya tiene dos años y medio y el Pequeñajo hace una semana hizo los tres meses. Y hemos estado en crisis, aunque parece que ya ha pasado la tormenta.

Con el Peque Mayor apenas noté las famosas crisis de crecimiento, en cambio el Pequeñajo es otro cantar y hemos estado unas semanas en plena crisis de los tres meses, en las que lloraba delante del pecho, se retorcía y no quería estar en brazos, ni tumbado, ni de ninguna manera. Yo creo que tiene que ver con la manera que tienen de mamar. El Peque Mayor se pasaba el día enganchado a la teta, le servía para todo, alimentarse, calmarse, dormirse… y a lo mejor no notó tan fuerte el cambio en la producción de la leche. El Pequeñajo, en cambio, sólo quiere la teta cuando tiene hambre, a veces incluso se enfada si se la ofrezco. Y se pasa más horas que su hermano sin mamar, por lo que supongo que le ha costado asumir que cuando tiene hambre y se pone a mamar no salga la leche al momento. Ahora parece que lo tiene superado y le molesta menos que le ofrezca el pecho.

Y a todo esto se sumó que al Peque Mayor le dio por comer cosas no comestibles.

Llevaba unas semanas que comía tierra en la guarde y ya no sabíamos qué hacer. Hablé con las profesoras y, al parecer, lo hacía a escondidas y seguramente para llamar la atención. Yo no sabía qué pensar. Nunca ha sido un niño de meterse cosas en la boca ni cuando era bebé, y el otro día, mientras le cosía su disfraz de cerdito para la guarde, me cogió una tiza de marcar la ropa y se la comió. También le ha dado por morderse uno de sus abrigos y arrancarle trocitos. Mi hermana me dijo que quizá estaba estresado, es un niño muy activo y si al obligado mayor “confinamiento” del invierno le sumas un hermano pequeño, la cosa se complica.

Me quedé con que ese comportamiento era para llamar la atención y me he volcado en él. Después de dos días, al ir a buscarlo a la guarde, antes de que le preguntase nada, me dijo orgulloso: ¡Hoy no he comido tierra mamá! Y ahora parece que lo tiene claro. Hoy me ha dicho: No voy a comer tierra, la Kiwi (nuestra perra) se hace caca. Puaj, ¡qué asco! No sé de dónde lo habrá sacado, a lo mejor se lo ha dicho mi marido o me oyó hablar con mi prima sobre eso el otro día, no lo sé.

Y mis niños están mejor gracias a que he hecho un cambio. En mis dos años y medio como mamá he aprendido que cuándo ellos están mal normalmente los que nos estamos equivocando y lo estamos haciendo mal somos nosotros, los padres.

Así que ahora intento participar más en sus juegos y proponerle cosas nuevas. No es nada del otro mundo, lo sé, pero a veces es difícil dedicarle ese tiempo cuando estás sola y tienes a un bebé que no puedes incluir en esos juegos porque es demasiado pequeño y te requiere constantemente. Así que, cuando hace mal día y no podemos salir a pasear con el triciclo y el fular, vamos de un lado a otro del comedor imitando a un cangrejo, nos arrastramos por el suelo como los gusanos o como los caracoles si nos ponemos un cojín en la espalda, saltamos como los canguros, nos lamemos las patas como los gatos y un largo etcétera, bajo la atenta mirada, por supuesto, del Pequeñajo que nos observa con los ojos muy abiertos desde la hamaca. A veces también participa si jugamos al escondite, si hacemos puzzles o leemos cuentos. Otras veces hacemos torres y puentes para coches y dinosaurios, Minions de plastilina, ponemos bocabajo una mesa redonda de plástico de Ikea nos sentamos dentro y remamos, hacemos luchas de espadas y nos miramos con los catalejos. El Peque Mayor hace parcur sobre el sofá, la cocinita y las sillas y cuando quiere echar la siesta pues me pide la tele, a la que para mi pesar está bastante enganchado, cosa que es culpa nuestra, por supuesto. Tengo pendiente hacer un picnic en el comedor un día, es una idea, entre otras muy interesantes, que encontré aquí y me pareció genial.

Así que como imagino que comprenderéis, me cuesta encontrar un hueco libre para dejarme caer por el mundo 2.0. Yo intentaré seguir aportando mi experiencia esos días en que se alineen todos los astros habidos y por haber, lo prometo.

Y vuestros peques ¿os han llamado alguna vez la atención de esta manera? ¿Habéis notado las famosas crisis de crecimiento?

Frente a los problemas de comportamiento

Frente a los problemas de comportamiento

Estamos otra vez con lo de siempre. Si tu hijo se despierta 5 veces por la noche es que tiene problemas de sueño, si no se está quieto en el carro y hace todo lo que le dices tiene problemas de comportamiento. Pero vamos a ver, ¡de dónde se sacan algunos profesionales lo que es normal y lo que no! ¿Cuántos niños duermen con un año diez horas del tirón? ¿Cuántos niños se están quietos sin moverse en el mismo sitio y no utilizan la palabra NO? Pues alguno habrá, pero nadie me va a convencer de que el 99% de los niños son así y que el mío es el 1% restante.

¿A qué viene todo este rollo? Pues a otra perla que me soltaron la pediatra y la enfermera de pediatría cuando mi peque tenía casi 14 meses. Sí, habéis leído bien, 14 meses.

Mi peque es de principios de agosto así que la revisión del año acabó cayendo a finales de septiembre, al ser un pueblo pequeño en agosto no hacen revisiones y las primeras semanas de septiembre la pediatra tenía vacaciones. Lo miraron, lo midieron, lo pesaron… Y en ese punto empezó, como en cada revisión, el conflicto. Que si no ha aumentado casi, que tiene que comer más, que si déjale el pecho, porque nosotras somos férreas defensoras de la lactancia materna, pero está claro que en el caso de tu hijo está influyendo negativamente en su peso y hay que destetarlo, tendrás que comprarle Pediasure… Llegados a este punto a mí ya me hervía la sangre, y por suerte o por desgracia mi cara lo dice todo, no sé poner cara de pocker. Les dije claramente que no lo iba a destetar y que no tenía claro que necesitara el Pediasure. Y entre tiras y aflojas, no sé cómo, la conversación derivó en el comportamiento de mi hijo. No sé qué les dije, no sé si fueron ellas las que me preguntaron alguna cosa, el caso es que mi peque es un niño que tiene mucha personalidad, que no quiere decir que sea un niño de pataletas, ni que te destroce la casa en una milésima de segunda. Cuando digo que mi hijo es muy movido, la gente sobreentiende que es un salvaje incontrolable. El caso es que mi peque es muy expresivo desde muy pequeño, yo también lo era, y desde bastante bebé ha sabido hacernos entender lo que le gusta y lo que no, y nosotros hemos intentado respetar, dentro de lo posible, sus preferencias. Que hay algo de comer que no quiere porque le da un asco tremendo, pues lo substituyo por otra cosa parecida la próxima vez y al cabo de un tiempo le vuelvo a probar lo primero. Con la comida parece que nos olvidamos cómo comemos nosotros los adultos, si hay algo que no nos gusta muchas veces no lo comemos y a nadie parece importarle, ¿por qué con los niños hay que ser tan inflexible? ¿Qué más da que la pera no le guste si se come la manzana? ¿Qué más da?

Me estoy yendo un poco por las ramas. El caso es que mi hijo con casi 14 meses, empezaba a enfadarse o enrabietarse (dependiendo del día) cuando no quería algo, se pasaba el día diciendo que no, tenía una temporadita de esas en las que hay que armarse de paciencia, y además comía poquito para comer y cenar, llevaba unos meses sin probar los cereales para desayunar y yo estaba bastante harta de la persecución a la que nos tenían sometidos la pediatra y la enfermera. A parte, agosto había sido un mes duro, a mi suegro le había dado un ataque al corazón en León (él es de allí y va todos los veranos) y mi marido se había ido dos semanas para estar con él, por lo que me había quedado sola y había tenido que hacer peripecias para combinarme los horarios del trabajo con mi madre para que pudiera quedarse con el peque. Estaba agotada, así que no fui con muy buena cara a la revisión, y para acabarlo de rematar, después de inflarme la cabeza con lo del peso y el destete, la enfermera de pediatría, ni corta ni perezosa me dijo:

– Tu hijo tiene problemas de comportamiento. Está un poco adelantado a su edad y parece que tiene la crisis de los 2 años. En el pueblo de al lado está el centro X que es para familias cuyos hijos tienen problemas, hay psicólogos especializados en el tema, toma el teléfono, ya me dirás qué tal.

En ese momento no supe cómo reaccionar. Me guardé el teléfono del centro y el folleto del Pediasure, recogí los bártulos (hijo incluido) y me fui a la farmacia. Le compré el dichoso bote de Pediasure y cuando llegué a casa y me tranquilicé. Empecé a cabrearme conmigo misma. Me había dejado llevar a su terreno, había dudado de lo que yo creía, de mi hijo. Guardé el Pediasure y tiré el teléfono del maldito centro a la basura.

No me entra en la cabeza que alguien pueda pensar que un niño tan pequeño pueda tener problemas de comportamiento, ni con 14 meses, ni con 2 años ni con 3. Que sean rebeldes, que defiendan sus preferencias, que hagan todo lo contrario a lo que les dices no significa que tengan problemas, para mí quiere decir que están madurando, están creciendo, están reivindicando que ellos no son como nosotros, que no tienen por qué pensar como sus padres, ni tienen por qué gustarles las mismas cosas, y quieren tener derecho a tomar decisiones, y creo que hay que dejarles. No me entendáis mal, no quiero decir que hay que dejarles hacer lo que quieran, pero hay decisiones que pueden tomar que son totalmente inofensivas como la camiseta que se quieren poner, el vaso que quieren para beber, qué fruta quieren comer, si quieren ir al parque o quedarse en casa… Y eso les da seguridad en sí mismos, se sienten valorados, sienten que su opinión cuenta y lo más importante, hace que se sientan felices.

¿Y a vosotros? ¿Os han soltado alguna perla parecida sobre vuestros peques? ¿Qué pensáis sobre los teóricos problemas de comportamiento?