Así conciliamos

Así conciliamos

¡Me sabe tan mal no publicar más! ¡Tengo tantas cosas que contaros y tan poco tiempo! El 18 de marzo se acabó mi baja de maternidad y tuve que volver al trabajo y lo tengo todo abandonado, mi casa, mi vida social, mi marido (ten paciencia las aguas volverán a su cauce), mi pelo (hay días que salgo de casa sin haberme mirado ni un segundo  al espejo, espero no haber hecho mucho el ridículo), el blog… bueno, todo abandonado no, a mis hijos los tengo muy mimados y muy atendidos, no tengo tiempo para nada porque todo mi tiempo se lo dedico a ellos.

El Pequeñajo ya tiene 5 meses y parece que ha pasado un mundo desde la última vez que publiqué. Las crisis pasaron a la historia hace dos meses y no puedo más que decir que tengo una suerte enorme, que el pobrecito es un bebé todoterreno. Aguanta como un campeón los embistes de su hermano, las idas y venidas coche arriba y coche abajo (es lo que tienen los pueblos, necesitas el coche para todo), y no le ha costado en exceso adaptarse a mi vuelta al trabajo.

El PequeMayor está más calmado, por poner un adjetivo (calma y PequeMayor no son compatibles). Sigue igual de cariñoso y atento con su hermano, es un encanto. Verlos a los dos juntos es divertidísimo, el Pequeñajo sólo tiene ojos para él, le ríe todas las gracias, le sigue con la mirada a todas partes, le llama constantemente la atención con grititos y el PequeMayor se ríe a carcajadas cada vez que el Pequeñajo lo agarra de la camiseta, le babea la cara o intenta cogerle el plato mientras comemos.

En realidad mi idea para esta entrada es explicaros un poco nuestros tejemanejes para intentar conciliar nuestra vida laboral y familiar, para estar el mayor tiempo posible con nuestros niños. Tengo que deciros que no ha sido fácil, pero que también hemos tenido suerte, y que más vale preguntar en el trabajo que no hacerlo, porque el no ya lo tienes.

Con el PequeMayor acumulé la baja de maternidad, la lactancia y el mes de vacaciones y conseguí volver a trabajar cuando tenía 5 meses y medio. Teníamos muy claro que no queríamos llevarlo a la guardería tan pequeño y hasta el último momento mi suegra fue la opción que barajamos para cubrir mi jornada laboral que ya habíamos decidido que reduciría a 4 horas al día. Pero justo antes de volver me entró el pánico, en ese momento no nos llevábamos muy bien, éramos muy distintas por no decir opuestas y estaba convencida de que iba a pasar por alto nuestra manera de criarlo y todo acabaría en un enfrentamiento.

Así que se me ocurrió preguntar si podía hacer esas 4 horas por la tarde empezando al mediodía a la misma hora que mi marido acababa de trabajar ya que hace horario intensivo (no pondré nuestros horarios exactos por seguridad, espero que no os importe). Por suerte o por desgracia, según se mire, los dos trabajamos en la misma empresa, así que la idea era que cuando él acababa empezaba yo. Subía al trabajo con el PequeMayor en el coche y hacíamos el cambio. Por suerte me dijeron que sí.

Sin embargo, cuando el PequeMayor tenía casi un año me dijeron que tenía que entrar una hora antes (los motivos prefiero guardármelos), pero estaban en su derecho puesto que yo acababa una hora más tarde que mi jornada laboral de 8 horas. Lógicamente no nos gustó, pero no puedes hacer nada. Las inscripciones de las guarderías públicas estaban cerradas, mi suegra no se encontraba bien… pero no nos rendimos y volvimos a buscar opciones por muy estrambóticas que fueran ¡¡por una simple hora!! Así fue como mi madre, que para más inri también trabaja en la misma empresa, pidió dejar de hacer horario intensivo y cogerse una hora y media entre medio de su jornada laboral para “comer”, y en su hora de comer llegaba a mi casa, y yo salía pitando para el trabajo (antes vivíamos a 8 minutos del trabajo en coche), y después mi marido salía corriendo también para llegar a casa, quedarse con el niño y dejar que mi madre volviera al trabajo.

Y no sé si alguien más pensará lo mismo que nosotros pero lo recalcaré: ¡Todo esto por no poder conciliar una hora!

La cosa se complicó cuando hace un año nos mudamos a una casa a media hora del trabajo, pero nos apañamos como pudimos ya que iban a ser sólo unos meses, hasta que el PequeMayor empezara la guarde en septiembre. Mi suegra ya no estaba. Así que volvimos a recurrir a mi madre. En vez de venir a casa yo le llevaba al PequeMayor al trabajo y, entre que salía y no salía mi marido, se iban al parque (aunque la mayoría de veces llegaba dormido en el coche y ahí se quedaba echando la siesta).

Y ahora, ¿cómo lo hacemos? Yo cogí la baja a finales de septiembre y he estado cuidando a los dos hasta los 4 meses y una semana del Pequeñajo. Pero mi madre me dijo que no se veía capaz de ocuparse de los dos a la vez fuera de casa, sobretodo porque el PequeMayor es un cabraloca. Decidimos que dejaríamos al PequeMayor a comer en la guarde. Pero me sabía tan mal dejarlo tantas horas seguidas, además al trabajar de tarde no me vería en todo el día, y él está acostumbrado a pasar mucho tiempo conmigo, no me parecía justo. Volví a estrujarme el cerebro y ¡voilà! Mi marido pidió entrar quince minutos antes y yo en vez de compactar la lactancia dije que la utilizaría para entrar media hora más tarde hasta los nueve meses del Pequeñajo (el 9 de Agosto) y los quince minutos que quedan para completar esa hora se queda mi madre con ellos en el coche. Muy sencillo todo, a que sí.

Cuando se acabe el permiso de lactancia cogeremos vacaciones y otras historias más y en septiembre el PequeMayor empezará el cole (ay los coles, esto da para otro post) y el Pequeñajo la guarde, yo pasaré a hacer horario de mañana, mi marido entrará más tarde para dejarlos en el cole y yo saldré a tiempo para llevarlos a casa a comer. Y ahí se acabarán nuestros dolores de cabeza con la conciliación, en teoría.

Desde aquí hago un llamamiento para que, por favor, se haga algo ya en este país para ayudarnos a conciliar, no me parece pedir demasiado, no es normal que tengamos que inventarnos imposibles para poder trabajar y también para pasar tiempo y disfrutar de nuestros hijos. Porque ya lo digo yo, nosotros tenemos muchísima suerte, pero hay muchos padres que no la tienen, y esto no debería ser cuestión de suerte.

Y sobre todo, lo que es una vergüenza es que con 16 semanas haya que separar a un bebé de su madre. Demuestra muy poca humanidad, mucho desconocimiento sobre las necesidades de los niños y un enorme obstáculo para continuar con la lactancia materna, sobre todo para aquellas mamás que no pueden permitirse reducir sus jornadas laborales. Desde aquí mi apoyo a una mamá que conocí que tuvo que incorporarse a su trabajo cuando su niña tenía 8 semanas (por ley es el mínimo que tiene que coger una madre de baja y a veces las empresas se aprovechan de eso para presionar) y que entre lágrimas nos contó su fracaso con la lactancia materna por la que había luchado y que había conseguido instaurar, y que perdió al empezar su hija a rechazarle el pecho en favor del biberón con el que la alimentaban durante sus 8 horas de trabajo más el tiempo que tardaba en ir y volver del trabajo (que eso nunca se tiene en cuenta).

Y dejadme que diga: Muchas gracias mamá, no sé que haría sin ti.

¿Qué haríamos sin apoyo familiar? Y vosotros ¿podéis conciliar?

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Mamá he comido tierra

Mamá he comido tierra

Mis niños se hacen grandes. El Peque Mayor ya tiene dos años y medio y el Pequeñajo hace una semana hizo los tres meses. Y hemos estado en crisis, aunque parece que ya ha pasado la tormenta.

Con el Peque Mayor apenas noté las famosas crisis de crecimiento, en cambio el Pequeñajo es otro cantar y hemos estado unas semanas en plena crisis de los tres meses, en las que lloraba delante del pecho, se retorcía y no quería estar en brazos, ni tumbado, ni de ninguna manera. Yo creo que tiene que ver con la manera que tienen de mamar. El Peque Mayor se pasaba el día enganchado a la teta, le servía para todo, alimentarse, calmarse, dormirse… y a lo mejor no notó tan fuerte el cambio en la producción de la leche. El Pequeñajo, en cambio, sólo quiere la teta cuando tiene hambre, a veces incluso se enfada si se la ofrezco. Y se pasa más horas que su hermano sin mamar, por lo que supongo que le ha costado asumir que cuando tiene hambre y se pone a mamar no salga la leche al momento. Ahora parece que lo tiene superado y le molesta menos que le ofrezca el pecho.

Y a todo esto se sumó que al Peque Mayor le dio por comer cosas no comestibles.

Llevaba unas semanas que comía tierra en la guarde y ya no sabíamos qué hacer. Hablé con las profesoras y, al parecer, lo hacía a escondidas y seguramente para llamar la atención. Yo no sabía qué pensar. Nunca ha sido un niño de meterse cosas en la boca ni cuando era bebé, y el otro día, mientras le cosía su disfraz de cerdito para la guarde, me cogió una tiza de marcar la ropa y se la comió. También le ha dado por morderse uno de sus abrigos y arrancarle trocitos. Mi hermana me dijo que quizá estaba estresado, es un niño muy activo y si al obligado mayor “confinamiento” del invierno le sumas un hermano pequeño, la cosa se complica.

Me quedé con que ese comportamiento era para llamar la atención y me he volcado en él. Después de dos días, al ir a buscarlo a la guarde, antes de que le preguntase nada, me dijo orgulloso: ¡Hoy no he comido tierra mamá! Y ahora parece que lo tiene claro. Hoy me ha dicho: No voy a comer tierra, la Kiwi (nuestra perra) se hace caca. Puaj, ¡qué asco! No sé de dónde lo habrá sacado, a lo mejor se lo ha dicho mi marido o me oyó hablar con mi prima sobre eso el otro día, no lo sé.

Y mis niños están mejor gracias a que he hecho un cambio. En mis dos años y medio como mamá he aprendido que cuándo ellos están mal normalmente los que nos estamos equivocando y lo estamos haciendo mal somos nosotros, los padres.

Así que ahora intento participar más en sus juegos y proponerle cosas nuevas. No es nada del otro mundo, lo sé, pero a veces es difícil dedicarle ese tiempo cuando estás sola y tienes a un bebé que no puedes incluir en esos juegos porque es demasiado pequeño y te requiere constantemente. Así que, cuando hace mal día y no podemos salir a pasear con el triciclo y el fular, vamos de un lado a otro del comedor imitando a un cangrejo, nos arrastramos por el suelo como los gusanos o como los caracoles si nos ponemos un cojín en la espalda, saltamos como los canguros, nos lamemos las patas como los gatos y un largo etcétera, bajo la atenta mirada, por supuesto, del Pequeñajo que nos observa con los ojos muy abiertos desde la hamaca. A veces también participa si jugamos al escondite, si hacemos puzzles o leemos cuentos. Otras veces hacemos torres y puentes para coches y dinosaurios, Minions de plastilina, ponemos bocabajo una mesa redonda de plástico de Ikea nos sentamos dentro y remamos, hacemos luchas de espadas y nos miramos con los catalejos. El Peque Mayor hace parcur sobre el sofá, la cocinita y las sillas y cuando quiere echar la siesta pues me pide la tele, a la que para mi pesar está bastante enganchado, cosa que es culpa nuestra, por supuesto. Tengo pendiente hacer un picnic en el comedor un día, es una idea, entre otras muy interesantes, que encontré aquí y me pareció genial.

Así que como imagino que comprenderéis, me cuesta encontrar un hueco libre para dejarme caer por el mundo 2.0. Yo intentaré seguir aportando mi experiencia esos días en que se alineen todos los astros habidos y por haber, lo prometo.

Y vuestros peques ¿os han llamado alguna vez la atención de esta manera? ¿Habéis notado las famosas crisis de crecimiento?

En nuestra cama somos cuatro

En nuestra cama somos cuatro

Una de mis dudas cuando me quedé embarazada del Pequeñajo era cómo nos las arreglaríamos para dormir todos juntos.

Nosotros empezamos a colechar con el Peque Mayor desde que nació por elección (ya hablé sobre eso en este post). Decidimos que era lo mejor para él y para nosotros, y es una decisión de la que no me he arrepentido nunca. Como ya comenté en el otro post, esto le choca a mucha gente, porque creen que colechar es un sacrificio, incómodo y cansado. Para nosotros no lo es. Nos gusta dormir juntos. A parte de la cantidad de beneficios que aporta el colecho, me gusta sentir a mis peques cerca de mí, estoy más tranquila al tenerlos conmigo y sé que ellos también se sienten seguros durmiendo con nosotros.

Buscando por internet es fácil encontrar consejos sobre el colecho con un peque, pero durmiendo con más de uno, no. Y de esto va este post.

Cuando iba a nacer el Pequeñajo me empecé a preguntar: ¿Se despertará el mayor cuando llore el pequeño? ¿Molestará el mayor al pequeño si no se duermen al mismo tiempo? ¿Cabremos bien los cuatro en la misma cama? ¿Cómo se tomará el mayor que no le abrace para dormirse mientras le doy el pecho al pequeño? ¿Cómo me las arreglaré a la hora de levantarnos?

Y, como siempre, todo a fluido de una manera muy natural y no tenía por qué haberme preocupado tanto.

Sobre si se despierta el mayor cuando llora el pequeño de noche, la respuesta es no. El Pequeñajo no llora mucho, pero ha tenido unas cuantas noches de cólicos y pese a los elevados decibelios, el Peque Mayor ni se ha inmutado. Ni cuando llora, ni cuando encendemos la lamparita para cambiarle el pañal. De la misma manera que no se despierta cuando al papi le suena el despertador y se levanta de la cama, con su habitual torpeza descuidada.

Respecto a si el Peque Mayor molesta al Pequeñajo cuando se va a dormir, supongo que tendría que decir que sí. Pero ya se ha acostumbrado. Lo ideal para dormir a un bebé es que el ambiente sea tranquilo. Poca luz, poco movimiento, nada de ruido… pero por mucho que le digamos al Peque Mayor que se esté quieto, que no salte en la cama y que hable bajito, bueno, él es un espíritu libre y tiene dos años. Lo que hemos hecho es intentar minimizar todo lo posible sus idas y venidas. Procuramos entrar en la habitación cuando ya estamos todos con el pijama puesto, los dientes lavados, las alarmas del móvil preparadas y una botella de agua en la mesilla. Si el Pequeñajo se duerme antes de que el Peque Mayor esté listo, me lo llevo yo sola a la cama y el papi y el Peque Mayor se nos unen después. Al principio era un constante entrar y salir, que si los calcetines, los dientes, ahora me voy con el papi que está acabando de recoger el comedor, ahora quiero agua, ahora enciendo la luz, venga a subir y bajar de la cama… y al final el Pequeñajo acababa despertándose.

Nuestra cama es de 1’80 por 2 metros de largo, pero por si acaso, transformamos la cuna del Ikea que el Peque Mayor no tocó en una cuna-colecho (si a alguno le interesa ya haré un post de cómo hacerlo porque es muy sencillo). Cuando la pusimos, un mes antes de que naciera el Pequeñajo, el Peque Mayor durmió un par de noches en ella, supongo que por la novedad, después se cansó y ahora pocas veces pide dormir en ella, y respecto al Pequeñajo, pues tampoco le gustó. Y ahora es una cuna-colecho-mesilla dónde dejamos los pañales y las toallitas que necesitamos para esa noche. Y a la pregunta de si cabemos, pues la verdad es que sí, y bastante a gusto, y la cuna-colecho nos sirve como barrera de uno de los laterales.

Los primeros días, el Peque Mayor se conformó con cogerme un brazo mientras yo le daba el pecho tumbada a su hermano, y pese al dolor de espalda que ello conlleva, no hubo ningún problema. Ahora sencillamente se duerme tumbado él solo, o abrazado a su padre, o mirando a su hermano como ya expliqué en el post anterior, o a mí si el Pequeñajo ya está dormido o lo está durmiendo el papi.

A la hora de levantarnos normalmente se despiertan más o menos a la vez, o con muy pocos minutos de diferencia, pero igual que hacía el Peque Mayor antes de que naciera el Pequeñajo cuando yo me levantaba. Tienen una especie de radar que detecta cuándo se quedan solos en la cama. El Peque Mayor tiene peor despertar y necesita que lo lleve en brazos mientras le preparó el desayuno, así que pongo al Pequeñajo en la hamaca hasta que siento al Peque Mayor en la mesa y me visto bajo la atenta mirada del Pequeñajo mientras el Peque Mayor desayuna y luego los visto a los dos por turnos. En la peor de las mañanas tengo que llevarlos en brazos a los dos a la vez y esperar a que a uno de los dos le apetezca esperarse un poco.

Y respecto a las precauciones que tomamos al colechar con un niño de dos años y un bebé de dos meses a parte de las reglas generales para practicar el colecho, es sencillamente que no duerman uno al lado del otro.

¿Y vosotros tenéis o teníais alguna duda u os preocupa alguna cosa sobre colechar con un peque o más de uno?

Llora porque echa de menos a papá

Llora porque echa menos papá

Perdón por haber estado tanto tiempo ausente, pero estas semanas han sido algo caóticas y necesitaba desconectar un poco de todo y centrarme en mi familia. Normalmente aprovecho para escribir mientras el Peque Mayor está en la guardería y en Navidad, ya se sabe. A parte, el Pequeñajo se cargó tanto de mocos que se despertaba cada dos por tres, le costaba mamar y vomitaba muchísimo, por lo que necesitaba descansar.

Durante el primer mes del Pequeñajo tuve mucha ayuda, primero de mi marido y después de mis padres que cogieron vacaciones. Después he tenido que ocuparme de los dos yo sola.

Lo cierto es que pensaba que iba a ser más complicado pero, en general, creo que me las he apañado bastante bien gracias a los dos peques que son dos soles. El Peque Mayor es el que está haciendo un esfuerzo más grande y me siento muy orgullosa de lo bien que está llevando el hecho de compartirnos con su hermano, pese a todo.

Las primeras semanas del mes pasado lo pasó un poco mal. Durante el primer mes cuando necesitaba cualquier cosa y yo no podía atenderle al momento, se conformaba con su padre o con su yaya, sobretodo con su padre. Estaba todo el día con él. Y desde que ha tenido que volver a trabajar y además hacer horas extras le echa mucho de menos.

Lo más difícil que ha tenido que aprender es a saber esperarse cuando quiere algo. Los que tenéis niños pequeños sabéis que cuando un niño quiere algo lo quiere ya, y no dentro de diez segundos y mucho menos al cabo de media hora. Muchas veces tengo que decirle “Ahora no puedo que el Pequeñajo está comiendo, espérate a que acabe” y se lo digo algo cautelosa, estudiando su mirada, intentando averiguar si empieza a ver a su hermano como un obstáculo para conseguir lo que quiere, pero parece ser que no. A veces me dice “Sí, vale, mamá” (en esos momentos me lo comería a besos) y otras se pasa media hora repitiendo “Mama zumo” hasta que consigo ir a por el dichoso zumo. Pero no acostumbra a enfadarse, y eso que es un niño con mucho carácter, ya lo he dicho más de una vez. Y es que el Peque Mayor se me está haciendo mayor.

Estas semanas me ha dejado alucinada. El tió de casa del yayo le trajo un dragón que hace un ruido infernal mientras se pasea por toda la casa moviendo las alas (no sé por qué no le han puesto una ruedecita para bajar el volumen) y un día que el Pequeñajo estaba durmiendo le dije al Peque Mayor: “¿Cariño por qué no apagas el dragón que está el tete durmiendo y juegas con otra cosa?” y sorprendentemente dijo un “Sí, mamá”  y fue corriendo a apagarlo, pero lo que realmente me hizo gracia fue que cuando el Pequeñajo se despertó me preguntó: “¿Ara ‘pedo’, sí , mamá?”. En otra ocasión iba arriba y abajo con un correpasillos de la película Aviones, se le encendió la musiquita, y le oí decir: “No Dusty, para, Pequeñajo ta mumiendo”. No pude más que soltar una carcajada.

Y es que siempre está pendiente de su hermano. Si vomita, me avisa y va corriendo a por un babero, o sin decirle nada coge una manta para taparlo. Para dormir siempre nos ponemos uno de los dos entre ellos, me da miedo que el Peque Mayor pueda hacerle daño sin querer al Pequeñajo mientras duermen, pero el Peque Mayor no se está quieto hasta que no le dejamos estar a su lado porque “No veo al Pequeñajo mamá”. Nosotros le dejamos y cuando se duerme lo movemos a su sitio.

Se pasa el día enseñándole cosas “Pequeñajo mía (mira)” y cuando llora dice “Ya voy Pequeñajo” y después le pregunta “¿Qué ‘pacha’?” o le dice “No llores”. Y si se despierta por la mañana y no lo llevo en brazos porque está en la hamaca lo primero que me pregunta es dónde está.

Y lo de los besos y los abrazos es un punto y a parte. Todo el día le está dando besos, a todas horas y en todo momento. Hemos desistido de decirle que lo deje tranquilo si está durmiendo porque es misión imposible. Si quiere darle un beso se lo acabará dando, digamos lo que digamos o hagamos lo que hagamos, hasta que no lo consigue no para. Hemos cambiado el “Ahora no que está durmiendo” por “Vale pero flojito que está durmiendo”.

Pero no es que el Peque Mayor no tenga celos, sí que los tiene, pero no los paga con su hermano, si no con nosotros.

Reconozco que el primer mes no le dediqué el tiempo que me habría gustado, el Pequeñajo me absorbía tanto y tenía tanta ayuda que pensé que sería suficiente con que los demás me suplieran, pero llegó un momento en que sentí que le echaba de menos y se me vino el mundo encima. Si yo le echaba de menos él también me echaría de menos y yo era su madre, su todo, además sentía que cada vez que le hablaba era para recriminarle por alguna cosa y me sentí muy mal. Así que me propuse volcarme en él por muy cansada que estuviera. Ahora le animo a participar en todo lo que hago, cuando veo que está de malhumor en vez de frustrarme hago mil cosas hasta que logro sacarle una sonrisa, aprovecho los momentos en los que el Pequeñajo se duerme en la minicuna o está dormido en el maxi-cosi al sacarlo del coche para achuchar al Peque Mayor a solas, en exclusiva, y jugar con él totalmente concentrada. Y cada día procuro bañarlo yo, para tener ese ratito a solas de juegos y sonrisas que sé que a él le hace falta. Y mi recompensa la obtuve hace un par de semanas cuando me vino a buscar a la cocina y me dijo espontáneamente y por primera vez “Te ‘quero’ mucho mamá” mientras me abrazaba la pierna. Ahora me lo dice a todas horas, lo noto más relajado y vuelvo a verlo tan alegre como antes. Y todo esto me dice que lo estoy haciendo bien, que tenía razón, que me echaba de menos y que cuando se portaba mal era para llamar la atención.

De esto me di cuenta con mi marido. Estas semanas está volviendo tres o cuatro horas más tarde que de costumbre. Cuando vuelve a casa está cansado y yo aprovecho para darle al Pequeñajo y así poder ducharme, por ejemplo. Y el Peque Mayor, mientras su padre está con su hermano en el sofá, no deja de intentar saltarle por encima, le llama constantemente, le pide de todo, y si no consigue la atención que quiere empieza a hacer cosas que sabe que están mal y que le vamos a regañar.

Las primeras dos semanas después de que mi marido volviera a trabajar, se pasaba todo el día preguntando por él, pero cuando llegaba y quería ayudar al Peque Mayor con algo, él le decía que no, que la mama. Ahora cuando no está de humor y algo no le parece bien, le pega a su padre un manotazo en la pierna. Y sé que a mi marido esto le duele, porque tienen una relación muy estrecha y no entiende por qué le pega, o por qué sólo quiere que yo lo coja o le ayude a ponerse los zapatos y sé que se le clava una espinita cuando me dice esos “Te ‘quero’ mucho mamá”. Pero es normal, me paso las 24 horas del día con ellos ahora que estoy de baja y el comportamiento del Peque Mayor es su manera de castigar a su padre por estar menos tiempo en casa, tiene sólo dos años y no sabe cómo decirle de otra manera que le necesita y que le quiere y prueba irrefutable de ello es que cada vez que el Pequeñajo llora me dice: “Llora ‘poque’ echa de menos a papá”.

No soy primeriza pero tengo muchas dudas

No soy primeriza

Cuando ya tienes un hijo y vuelves a quedarte embarazada mucha gente te dice cosas como “Ya lo tienes todo hecho” o “Bueno, tú ya sabes de qué va”. Pero no es así. Cada embarazo, cada hijo, es un mundo y no es lo mismo tener uno que dos.

Sí que es cierto que el embarazo, pese a ser diferente, pese a que es más cansado (hay otro peque que te requiere constantemente), lo vives con más tranquilidad. No te asustas o te preocupas tan fácilmente, porque hay muchas cosas que ya has experimentado y la primera vez ya te informaste de si era normal o no. Durante mi primer embarazo leí y me documenté muchísimo, con este apenas he podido abrir un libro.
Tengo una espinita clavada que hace que me sienta culpable por no prestarle la misma atención que le presté a su hermano en su día. El primer embarazo fue algo mágico, maravilloso, cada día descubría cosas nuevas, le cantaba, le hablaba, me paraba a observar cada sensación, cada movimiento, me hacía miles de fotos… Con el segundo no he podido centrarme tanto, debido en parte a algunas circunstancias (ya os expliqué alguna cosa en el post del destete) y a que tengo un torbellino al que atender, que todavía es pequeño. Me da pena no poder dedicarme al segundo como lo hice con el primero pese a ser consciente de que es lo que hay, que a partir de ahora me voy a tener que partir en dos y van a tener que compartirme.

Estoy de más de 38 semanas y mi preocupación principal es el parto. Con el primer embarazo no me preocupaba tanto, no sé si por ingenuidad o por desconocimiento, pero no me daba miedo. “Es algo natural, todas las madres del mundo pasan por esto cada día”, “No será para tanto” me decía a mí misma. Yo iba con la idea de un parto natural, sin epidural, quería moverme lo que quisiera, que me pusieran a mi hijo encima nada más nacer, que no le cortaran el cordón umbilical hasta que no dejara de latir… pero en esto de los partos nunca se sabe, nada salió como yo había planeado.
No me extenderé con mi primer parto porque ya lo explicaré en otra entrada, pero para que os hagáis un poco a la idea os diré que, pese a todo, no tuve un mal parto. Dilaté hasta los diez centímetros sin epidural, las contracciones eran horribles porque dilataba muy rápido y no tenía descanso entre una y otra, pero mi hijo no salía, tenía una vuelta de cordón y acabaron poniéndome la epidural y haciéndome una episiotomía (eso sí que me da terror). Pese a que el dolor cesó, pese a que me quedé muy relajada, soy muy cabezota y de nuevo voy con la idea de parir sin epidural. No es que esté en contra, pero no me gusta la idea de que me claven una aguja de ese tamaño en la espalda, y aunque no tuve efectos secundarios, no soy muy amiga de los medicamentos. Pero intento no obcecarme con eso, cuando me encuentre en situación ya se verá y no hay que descartar nada. Yo siempre digo que habría firmado lo que fuese cuando estaba de parto, ¡hasta una hipoteca!

Pero más que el parto en sí, ahora tengo una preocupación que no tenía la primera vez, y es cómo le afectará a mi peque mayor. ¿Cómo llevará el no dormir una o dos noches sin sus papis? ¿Cómo llevará el que yo tenga que estar unos días en el hospital? Sé que cuando lo traigan a verme después no querrá irse y se me partirá el corazón, ¿pero qué voy a hacer? Yo lo escondería debajo de la cama del hospital o me iría de puntillas a casa con mis dos peques, pero no puede ser. Sé que es algo que tiene que pasar, que de hecho va a pasar dentro de nada, pero me angustia muchísimo.

Otra cosa es cómo se llevará con el bebé, si tendrá muchos celos o no. Desde que le dije que su hermanito está en la barriga de mamá está muy emocionado. Le da besos a la barriga, la abraza, lo llama por su nombre, le enseña cosas (a la barriga, sí), le pone juguetes encima… Si le decimos que hay que lavarse las manos, por ejemplo, él pregunta “¿Peque también?”, “No cariño, él no puede lavarse las manitas”. Pero aunque le encanten los bebés, pese a que sea muy cariñoso, eso no quiere decir que luego no tenga celos, porque no hay que olvidar que sólo tiene dos años y no es consciente realmente de lo que significa tener un hermano. Pero aunque tuviera diez, los celos son algo totalmente normal y natural. Así que habrá que armarse de paciencia.

Y por último, ¿cómo me las arreglaré con dos? El postparto es un mal aliado, las hormonas se vuelven locas y una se vuelve de lágrima fácil. Intento convencerme a mí misma de que no me derrumbaré en ningún momento, que tendré una paciencia infinita, que no me entrarán unas ganas locas de llorar a moco tendido, que no sacaré mi genio ante cualquier minucia… ¡pero a quién quiero engañar! No soy superwoman, no soy doña perfecta, una mamá también es una persona humana. A veces parece que por ser madre no puedes permitirte equivocarte o que tienes que tener siempre tu carácter bajo control pero, lo siento, una es como es y soy de las que piensan que mejor sacar lo que se lleva dentro. Desahogarse es bueno, va genial, te quedas en paz contigo misma, si no luego las cosas se enquistan y se hacen cada vez más y más grandes hasta que explotan en el peor momento, ¡al menos después del parto tienes la excusa de las hormonas!

¿Y a vosotras seáis primerizas o no, qué os preocupa o preocupaba cuando ibais a tener a vuestros peques?